martes, 6 de noviembre de 2018

ONE SHOT COLON 46 (VALENCIA)

ONE SHOT COLÓN 46 (***)
Colón 46
46004 Valencia

Habitación: 107
Fecha de entrada: 24/01/19 
Tarifa: 56€ (SA)

Un estrecho edificio empotrado en una de las manzanas del ensanche valenciano. En la zona más céntrica y comercial de la ciudad. Ocho alturas en blanco, recientemente reformado, con algunos puntos de luz y algunos dibujos en tonos azules. Aunque la fachada destaca comparada con los edificios contiguos, nada llama la atención sobre él a pie de calle, sobre una acera repleta de escaparates. 

Unas puertas correderas de cristal con el logo azul del hotel, que permanecen siempre cerradas hasta que la recepción las activa con un botón, nos introducen en el pequeño hall. Minúsculo. Techo altísimo. Suelo negro porcelánico con dibujos geométricos y coloristas. A la izquierda el mostrador. De madera. Con dos ordenadores y dos sillas altas para que las recepcionistas se puedan sentar. Algunos folletos por encima con información del hotel. Tras él dos cuadros, que se venden. La sensación es cálida y moderna, aunque el bullicio de la calle está allí mismo. 

Una simpática joven nos recibe sonriente. Pese a que la víspera nos llegó un mail para hacer el "check-in online" (que hicimos), al llegar, no hay diferencia. Otra vez a copiar el DNI, la tarjeta... Tedioso. Por fin, nos explica el horario del desayuno (que no tomaremos), el funcionamiento del cobro del parking, firmamos un par de papeles y por fin nos entrega un cartoncito con la tarjeta de la habitación y la clave del wifi que es gratuito y veloz en todo el hotel. 

Un paso más adelante y en un recoveco protegido por algunas maderas está el ascensor. Algo antiguo pero renovado. Puertas automáticas. Un espejo en la pared del fondo, y un pasamanos en azulón. El techo algo envejecido. Las paredes negras aparecen pintadas con mensajes del hotel como si de una pizarra se tratara. 

Las puertas se abren ruidosamente en el mismo pasillo. No es muy ancho. Moqueta de figuras geométricas en verde y marrón en el suelo. Paredes de color verde. Luces indirectas a la altura del suelo. Las puertas de las habitaciones aparecen pintadas en distintos, y vivos, colores. Cada una tiene a su izquierda un brillante cuadro con el número de la habitación y colgando desde el techo un cable rematado en una bombilla. A la derecha, en la pared, varias láminas de vivos colores algo plastificadas dan el contraste de la decoración. 

Tras la puerta, gris, de apertura por contacto de la tarjeta, entramos directamente a la habitación. Sensación moderna y algo oscura. Un punto de frío. El aire acondicionado está apagado y la noche es fría. Suelo de madera algo envejecida pero limpia y agradable. Paredes grises y escasa luz: un halógeno junto a la puerta, otro sobre el escritorio y dos lámparas retro sobre las mesillas. Junto a la puerta una ranura para meter la llave de la habitación y activar las luces y el display del aire acondicionado: algo enrevesado, sin opción automática y terriblemente ruidoso, terriblemente, incluso con el sistema apagado.

A la izquierda, tras un visillo y un foscurit color arena, que no consigue parar la luz, una ventana a un estrecho patio interior decorado con formas geométricas de colores. 

A la derecha, un armario de madera empotrado, sin puertas. Una barra colgador con media docena de perchas normales. Algunas baldas y cajones y la caja fuerte. A los pies un minúsculo maletero rematado con un cojín de símil piel rojo. A continuación, el escritorio, en madera similar a la del suelo, con finas patas metálicas. La butaca, en tono azulón resulta cómoda, pero casi no nos caben las piernas bajo los hierros de las patas. Sobre el escritorio, algo de información sobre el hotel y dos enchufes: uno europeo y otro americano. Encima, como si de un enorme espejo alargado con marco de madera se tratara, está el televisor. Bajo el escritorio, un minibar de corto y caro surtido.  En la esquina final, tras otro visillo y otro foscurit, una pequeña ventana con vistas a un amplio patio de vecinos. 

Frente a la puerta están las dos camas. Colchones de buen calibre pero de ajustada anchura situados sobre unos canapés en metal morado. Los cabeceros, irregulares, en símil piel en tonos morados y marrones. Junto a las camas, dos mesillas, anchas, de cuatro patos y sin cajón. Sobre una de ellas el teléfono y un lapicero con el logo del hotel. Sobre la otra, el mando a distancia de la televisión. Dos lámparas dirigibles ancladas a la pared crean una cálida atmósfera, aunque su luz es algo escasa para la lectura desde la cama. Encima de ambas mesillas, interruptores para todas las luces y enchufes para los aparatos electrónicos. 

La cama aparece vestida con un edredón suave, pero estrecho y corto. Parece como si el calibre del colchón fuera excesivo para esa prenda. Dos almohadas de distinta dureza y grosor con unos detalles en azul. Cómodas. Aún así, el descanso cuesta. Al ser la habitación interior no escuchamos el ruido de la calle, pero la insonorización interior es terrible. Por las paredes se escucha lo que pasa en las habitaciones contiguas y las rejillas del aire acondicionado funcionan como caja de resonancia de las cosas que ocurren en los pisos superiores (voces, gritos, movimientos, aguas, duchas...). Si a eso le añadimos que el foscurit no frena la luz, y que la puerta no encaja del todo y se cuela la luz del pasillo por la rendija inferior y lateral, tenemos el completo.

El baño resulta pequeño pero suficiente. Moderno y agradable. Una encimera blanca con un lavabo poco hondo sujetada por patas de metal negro. Suelo y paredes de una curiosa imitación a granito gris bastante agradable. La grifería, moderna y grande, funciona a la perfección en el caudal, pero no conseguimos sacar agua caliente. Sobre la encimera se ofrece el set de amenities, preparado para la cadena con curiosos mensajes en las etiquetas: gel, champú, acondicionador, una pastilla de jabón y un gorro de ducha. Dos vasos de color azul. Sobre la encimera un generoso espejo con dos apliques de luz con bolas. Bajo ella, una papelera metálica. El equipo de lencería es correcto: dos toallas de manos y dos de baño, confeccionadas para la cadena con rayas: limpias, mullidas y correctas de tamaño. 

Frente a la puerta del baño encontramos el inodoro, moderno y con la cisterna empotrada en la pared con dos curiosos pulsadores. A su lado, una escobilla de baño negra. A la derecha, una enorme cabina de ducha separada del resto por una mampara de cristal de techo a suelo. La pared pasa a ser de cerámica imitando madera. El suelo, en blanco muy agradable. Una ducha de teléfono anclada a la pared y en el techo un enorme rociador de efecto lluvia. Aquí tanto la presión como el caudal y la temperatura son exquisitas. Quizá le cuesta mucho al agua ajustar los cambios de temperatura, pero por lo demás, formidable experiencia mañanera bajo el agua.

Por la mañana al salir, nos preguntan por el minibar, y también por si ha ido todo bien. La factura, el pago y poco más.

Calidad/precio: 8.5
Servicio: 7
Ambiente: 8
Habitación: 6.5

Baño: 8
Estado de conservación: 9

Desayuno: 
Valoración General: 8

martes, 16 de octubre de 2018

HOTEL MONUMENTO PAZO DE ORBAN E SANGRO (LUGO)

HOTEL MONUMENTO PAZO DE ORBAN E SANGRO (****)
Rua do Miño 6
27001 Lugo

Habitación 23
Fecha de entrada: 20/12/17
Tarifa: 

En el corazón de la ciudad, pegado al interior de la Muralla se halla este antiguo Pazo en una calle de acceso restringido. El edificio, poderoso, de piedra gallega y paredes encaladas tiene dos alturas con contraventanas verdes, y balcones. Junto a él, cerrado con una puerta corredera verde un pequeño parking.

La puerta principal aparece rematada con una espadaña bajo la que se ubica un balcón central corrido. Bajo él, la puerta, robusta de madera verde. Llegamos muy tarde y está cerrada. Un pequeño cartel ofrece unos "Teléfonos de Guardia" . Llamamos a uno y nos atienden rápidamente. Nos indican que ya no nos esperaban, pero que en cinco minutos nos atienden. Y así es. Una joven vestida de calle aparece por la puerta, nos indica dónde aparcar el coche y se hace cargo de nuestra maleta. Cuando aparcamos, volvemos al edificio principal. Tras la puerta de madera encontramos una puerta automática de cristal, con el logo del hotel grabado en ella. 

Suelo de piedra gallega recubierto con muchas alfombras. Muebles por todos sitios. Vitrinas. Lamparitas. Sofás. Butacas. Plantas, Lámparas colgantes. Todo como muy apretujado y agobiante. Todo antiguo y sin un estilo definido. Un paso más adelante está la recepción. En medio de este desbarajuste de cosas quizá se siente un poco de frío. Es tarde y quizá la calefacción ya está apagada. El mostrador de recepción es un armario alto antiguo, rematado con un cristal bajo el que hay billetes de distintos países. Todo lleno de cosas: una lamparita, un calendario, relojes y Santos por las paredes, papeles, folletos. La joven nos pide el DNI que fotocopia mientras nos pregunta a qué hora queremos desayunar y nos explica que el wifi es abierto y gratuito y funciona perfectamente de forma rápida y sin cortes. De un armario portallaves toma una llave electrónica con un elegante llavero de cordones color burdeos. 

Nos damos la vuelta y a tres pasos está el ascensor. Antes de él, la escalera que está abarrotada de cuadros, esculturas, plantas... El ascensor es moderno. Amplio. Puertas automáticas, paredes color marrón, un pequeño espejo y varios cuadros con pensamientos "filosóficos" . Las puertas se abren a un pasillo, que sigue siendo de piedra y que está cubierto por más alfombras. A dos pasos está nuestra habitación, justo en las escaleras. La puerta es doble, blanca, moderna y de madera. Metemos la llave electrónica en la cerradura y se abre la puerta automáticamente. Media puerta quizá es demasiado estrecha, pero entramos. 

El suelo muta a una madera cuidada, tratada y limpia. Paredes pintadas en blanco con un gran rodapié también blanco. Toda la estancia está allí a nuestra vista. A la izquierda hay otra llave que girándola activa la luz. Curiosos y modernos interruptores. Dos lámparas antiguas sobre el techo iluminan de forma poco efectista el espacio: frío. A la izquierda hay un antiguo armario exento de madera oscura con cenefas y marquetería. Dentro un colgador largo y una balda. Perchas normales y dos albornoces. Junto a él, un gran maletero metálico con cintas de tela. Sobre él, un viejo espejo (incluso oxidado) con marco de madera. A su lado, el moderno display del aire acondicionado. Una rueda para seleccionar la temperatura y tres botones (frío-calor, potencia y encendido-apagado). Aunque no pasamos frío, el aire no sale, ni mucho menos a la temperatura demandada. Algo ruidoso además. 

La cama es enorme. En realidad son dos camas de 110 vestidas como si sólo fuera una. Los colchones son cómodos. Las sábanas blancas, frescas y limpias. Sobre ellas una manta marrón y una colcha en tono gris verdoso brillante algo sucia. Tres almohadas de distinto tamaño y dureza ayudan a elegir el mejor descanso. La cama está empotrada contra un poderoso cabecero de madera oscura algo trabajada. A cada lado pequeñas mesillas con cajón (en uno de ellos, unos papeles de un huésped anterior) y sobre ellas pequeñas lámparas de noche con pie metálico imitando un tallo y pantalla gris metálica. La luz del techo es fría, y aunque la de las lamparitas podría dar más calor a la estancia resulta bastante insuficiente. Sobre una de ellas, un gran y moderno teléfono. No hay enchufes para el móvil sobre las mesillas, por lo que tenemos que desenchufar la lámpara para cargarlo. La insonorización interior no es excelente y, aunque el hotel es sumamente tranquilo, se escuchan pasos y voces de huéspedes cercanos. 

A los pies de la cama cuelga de la pared una enorme televisión de plasma. Al fondo del dormitorio hay un antiguo escritorio-tocador de bella factura con incrustaciones de marquetería rematado con un espejo. Bajo él, además de una papelera, varios enchufes y una butaca baja de terciopelo rojo y  madera. Todo muy incómodo para trabajar, ya que resulta demasiado bajo. Sobre él, unos cuantos libros de temas gallegos, un bade antiguo, una macetita con flores rojas y una pequeña lámpara de pie con pantalla decorada con dibujos en tonos azul pastel

A su lado hay un moderno armario metalizado que acoge el minibar de generoso surtido (también con snacks). Sobre él, un cuadro y a su lado una silla roja a juego con la butaca de trabajo. Al lado está el balcón. Protegido por una cortina marrón como de ante, un visillo blanco, un portillo blanco y por fin el balcón, de madera blanca y cristal que da a la entrada principal. Justo sobre la puerta. 

El baño queda situado en toda la pared que queda justo detrás del cabecero de la cama. Con dos entradas, una a cada lado: junto a la puerta de entrada y junto al balcón. Puertas correderas. El espacio es largo y estrecho. Luminoso, aunque quizá la luz pueda mejorar. Paredes en azul cielo. El suelo mantiene la madera. Frente a la puerta un moderno inodoro de cisterna estilizada, a un lado una gran papelera metálica y al otro, el bidet, del mismo corte que el inodoro. Al entrar por la puerta que hay junto a la entrada y activar la luz, se activa también un extractor ruidoso. Si entramos por el otro lado (junto al balcón) también se enciende la luz, pero no el extractor. 

En esa otra zona está el estilizado lavabo exento rematado con dos repisas. En una, dos vasos envueltos en plástico. En la otra, las amenities: champú, gel, crema corporal y gorro de baño, todo de la firma Etro. Junto al lavabo hay un toallero con dos toallas de lavabo. Un espejo de aumento extensible y un secador de pelo de escasa potencia. Sobre una mesa antigua de madera hay dos enormes toallas de baño. La lencería es generosa, mullida, nueva y muy limpia. El grifo del lavabo es moderno y curioso, y el agua cae como "en cascada". Junto a él hay un extraño aparato en forma de jarra que es un dispensador automático de jabón. Cuando uno acerca la mano, se enciende una luz azulada y nos ofrece una dosis de jabón. Curioso. 

En el centro del baño queda la enorme bañera. Diríamos que es exenta por todos lados menos por el que queda pegado a la pared. Quizá resulte algo alta, para el acceso de las personas con problemas de movilidad. Resulta tan enorme como el colosal rociador efecto lluvia que cuelga del techo. Temperatura, caudal y presión son increíbles. Un curioso juego de mamparas de cristal impide derramar el agua por fuera. No hay perchas allí cerca para dejar el albornoz o las toallas, pero si que hay una pequeña silla, muy pequeña, de metal, con asiento y respaldo decorados con dibujos. 

Por la mañana en una diminuta cafetería ubicada junto a la puerta de entrada se sirve un cortito desayuno buffet. Mesas de granito, butacas de terciopelo verde, y cosas, muchas cosas: relojes, muñecas, brujas, cuadros, carteles antiguos, periódicos viejos enmarcados... en un gran armario vajillero antiguo se ofrece el buffet. No hay nada sobre las mesas, por lo que hemos de tomar también los cubiertos, vajilla y servilletas de papel. Nada caliente. Yogures variados, fruta (sólo el kiwi está preparado), zumo de naranja recién hecho y natural, una increíble selección de quesos y membrillos (de todo tipo), algo de embutido y jamón de buena calidad, cereales, galletas, variedad de panes y algunos croissants, mantequillas, mermeladas, miel, frutos secos (avellanas, nueces) sin pelar... Una joven prepara amablemente el café que le pidamos desde la máquina profesional.


En la despedida en recepción el trato es un poco frío. Quizá como la mañana. Nos emiten la factura y nos indican cómo salir de la zona de circulación restringida lo antes posible.

Calidad/precio: 
Servicio: 8
Ambiente: 8
Habitación: 8

Baño: 8
Estado de conservación: 8

Desayuno: 6.5

Valoración General: 8 

miércoles, 26 de septiembre de 2018

HOTEL TERMAS VICTORIA (CALDES DE MONTBUI - BARCELONA)

HOTEL TERMAS VICTORIA (***)
Carrer de Barcelona 12
08140 Caldes de Montbui (Barcelona)

Habitación: 207

Fecha de entrada: 17/12/17 
Tarifa: 77€ (A+D)

En el centro de este pueblo termal ubicado a pocos minutos de Barcelona, situado justo donde se restringe el tráfico rodado, a un paso de la Iglesia del ayuntamiento, encontramos este tradicional e histórico centro termal. Una casa de pueblo, de tres alturas, con balcones a la calle se abre frente a un pequeño jardín con una rotonda para aparcar los coches junto a la puerta.



La recepción es amplia. Muy iluminada y limpia. Quizá la luz resulte demasiado fría. Pero la hay a raudales. Artificial, pero también natural, ya que la puerta principal, automática, se ubica en una pared completamente acristalada que da al pequeño jardín con rotonda en el podemos dejar el vehículo para la carga y descarga. A la derecha hay un tronco de esos de regalos que suelen ponerse en Cataluña por Navidad. Junto a él, un árbol con espumillón y luces. A la izquierda, de forma semicircular, el poderoso mostrador de recepción. De madera. También madera brillante detrás, con un reloj con agujas también de madera. El recepcionista queda literalmente encerrado allí, y eso hace que el contacto sea algo distante. Sobre el mostrador hay varios folletos del hotel y varios productos en venta (un buff solidario...). Al fondo hay una vitrina de cristal con productos de las Termas a la venta: jabón, toallas, cremas... La sensación es de contraste porque hay elementos modernos pero también algunos otros antiguos, viejos o rancios.

Nos recibe pasada la medianoche un hombre muy simpático. Vestido de calle, con vaqueros y un manojo de llaves colgando de un cordón rojo. No duda en salir del mostrador y acompañarlos a la calle para indicarnos el camino hacia el aparcamiento. La llave del dormitorio ya  está preparada, y los datos que enviamos, simplemente hay que chequearlos, cosa que tarda en hacer segundos. Nos explica de forma simpática el servicio de wifi que funciona de forma eficaz y veloz en todo el hotel bajo una contraseña. Nos desea buen descanso poniéndose a nuestra disposición para lo que sea  necesario marcando el 9 en el teléfono de la habitación. 

Un pasillo ubicado al fondo de la recepción lleva hacia los ascensores. La decoración allí es bastante antigua. Rancia. Estuco blanco en la pared. Terrible luz como de hospital. Antes de llegar al enorme hueco de la escalera, rematado arriba por una gran claraboya, en el que encontramos los ascensores, pasamos junto a una biblioteca y una sala de juegos con un Belén iluminado con luces de colores. Las puertas, el suelo, los cuadros... todo huele a rancio. 

Dos ascensores, algo viejos. Un espejo al fondo. Paredes plastificadas en marrón. Techo muy bajo con una luz algo fría. Un cartel, poco afortunado invita a un baño de barro en las termas del hotel. Las puertas automáticas se abren a un pequeño recibidor, con pasillos a derecha e izquierda a los que se abren las habitaciones. Paredes en estuco amarillento, algunos muebles viejos con algunas macetas con plantas. 

El pasillo es estrecho. Suelos de porcelana ocre  muy ruidosos al paso de zapatos y ruedas de maleta. Paredes en estuco blanco algo anticuado, que contrastan con las modernas puertas de madera clara y manivelas de apertura con contacto. Al final del pasillo, el suelo muta a una especie de moqueta plastificada mucho más moderna, silenciosa y agradable. También las paredes abandonan el estuco en favor de la pintura clara. La puerta de nuestra habitación se ubica en un espacio compartido con otra habitación, como si pudieran venderse juntas y conectadas. Tras la apertura de la puerta el suelo pasa a ser de madera clara, y la sensación es cálida y moderna.
  
La puerta se abre directamente al dormitorio. Allí mismo encontramos las dos camas, situadas entre dos mesillas con cajón de madera clara tirando a grisácea. Se apoyan en un largo cabecero de madera que a su vez de apoya en una pared de color negro (el resto están pintadas de blanco). Sobre las mesillas, un par de enchufes, y grandes interruptores. Encima, lámparas de metal con pantallas de color crudo. De ellas salen sendos brazos móviles para la lectura desde la cama. En una de las mesillas hay un teléfono. 

Las camas son dos. De 90. Algo estrechas. Vestidas en blanco con sábanas correctas, una manta marrón y una bonita colcha de rayas blancas. El colchón es confortable pero está protegido por una funda algo plastificada que lo convierte en algo un poco incómodo y asfixiante. Cada una de ellas tiene un cómodo almohadón, un cuadrante y un cojín gris. Las dos camas están unidas por un plaid gris algo sucio. 

A los pies de la cama está el armario. De tres cuerpos, de techo a suelo, y cerrado por puertas de madera del mismo tono que el resto del mobiliario de la habitación. Con la apertura de las puertas se encienden unos puntos de luz que hay en el techo para iluminar el interior. Uno de los cuerpos es un montón de baldas. En los otros dos cuerpos hay un colgador y una balda con una caja fuerte y una almohada extra. Las perchas son antirrobo, y con pinzas en el colgador, lo que hace que sean algo estrechas para colgar pantalones. El armario no es muy profundo y la ropa queda demasiado ajustada al colgarse de la percha. 

Junto al armario hay un maletero de la misma madera y con unas lamas metálicas que lo protegen. Sobre él, hay un pequeño televisor plano anclado a la pared. A continuación hay un generoso y sencillo escritorio. Sobre él, algo de información sobre las opciones termales del hotel, una lámpara de sobremesa en metal y con pantalla cruda, el mando a distancia de la televisión y un par de enchufes para los equipos electrónicos. Bajo él, hay una papelera, y una cómoda silla de piel blanca con apoyabrazos de madera oscura.

Al fondo de la habitación están las ventanas. De vieja carpintería, tres, estrechas y protegidas por unos visillos blancos y persianas de las de antes que se suben fácilmente con unas cintas. Junto a ellas hay una butaca no demasiado cómoda. Las vistas son a la estrecha calle que conduce al garaje. Al ser una calle de acceso restringido, es todo muy tranquilo y silencioso. Pero cuando pasa algún coche, se escucha demasiado. Demasiado. Tampoco la insonorización interior es modélica, y aunque el establecimiento es muy tranquilo, molestan por la noche algunas voces y movimientos por los pasillos. El aire acondicionado se maneja desde un sencillo y moderno display situado junto a la puerta. Una rueda para seleccionar la temperatura, y un selector de potencia de aire. Funciona eficazmente pero es bastante ruidoso. 

A la derecha de la entrada, y junto a un espejo de cuerpo entero, está la puerta del baño. El espacio no es muy grande, pero suficiente. Suelo porcelánico gris. Paredes, también de porcelana pero en tonos arena. Frente a la puerta hay una gran encimera con el lavabo poco profundo en tono crudo. De ella cuelgan dos toallas de mano. Sobre ella, hay un enorme espejo hasta el techo. Encima de ella se ofrecen dos pastillas, dos vasos de plástico, dos pastillas de jabón y cuatro botecitos con gel y champú. Todo ello envasado en tonos azules brillantes personalizadas para una cadena a la que debe pertenecer el hotel.  Dos puntos de luz en el techo sobre la encimera iluminan el espacio. En la pared, un espejo de aumento, algo lejos del lavabo y un secador de escasa potencia anclado a la pared. Abajo, en el suelo, una papelera metálica.

Sobre el inodoro, que quizá está situado demasiado cerca de la pared, hay un calentador de toallas que hace también de radiador del espacio, por lo que por la mañana al entrar en el baño, la sensación es muy agradable. En ese calentador descansan dos toallas de baño y una alfombrilla. Su tamaño y calidad son un poco justos. A la derecha de la puerta hay una larga (y algo estrecha) cabina de ducha protegida con una mampara de cristal. El suelo es de baldosas de distintos colores haciendo motivos geométricos, quizá como un guiño a la decoración antigua de unas termas. Está rematada con un grifo termostático con dos salidas: una normal "de teléfono" y un colosal rociador de efecto lluvia. Lástima que la presión y el caudal sean lamentables: un remate así, merece ser disfrutado. En un rincón, una pequeña repisa para dejar el jabón. Y junto a la entrada, dos perchas para colocar las toallas.

Por la mañana, atravesamos un pasillo con puertas antiguas, y varias láminas con fotos de época del establecimiento, y en un doble salón, con techos altos y cierto aire rancio se sirve un corto buffet. Mesas sin mantel ni cubiertos, que hay que coger como el resto del servicio. Platos calientes (huevos y bacon), algo de fruta preparada, algunos embutidos y quesos de justa calidad. El zumo, artificial, se sirve desde una máquina de grifo. Y el café de otra máquina más que aceptable. Destaca sin embargo un variado surtido de panes y el aceite que se ofrece junto con una crema de tomate machacado para el pan amb tomaquet. 

En recepción al salir el trámite es breve y eficaz. Al no haber minibar, no hay pregunta al respecto. Pero tampoco nada más.


Calidad/precio: 7
Servicio: 7
Ambiente: 5.5
Habitación: 8

Baño: 6.5
Estado de conservación: 7

Desayuno: 6
Valoración General: 6.5

martes, 18 de septiembre de 2018

SHERATON LA CALETA (COSTA ADEJE - SANTA CRUZ DE TENERIFE)

SHERATON LA CALETA (*****)
La Enramada 9
38670 Adeje - Santa Cruz de Tenerife

Habitación: 106

Fecha de entrada: 12/12/17 
Tarifa: 140€ (A+D)

Al sur de la isla, a pie de playa y rodeado de otros enormes complejos hoteleros y comerciales encontramos este hotel operado por el sello Sheraton. Un potente edificio de cinco alturas en color rosa rodeado de exuberantes jardines tropicales y piscinas y colgado frente al mar. Una amplia rotonda situada bajo un generoso porche con bastante vegetación hace las veces de zona de bajada de viajeros, atendida por un joven que se desvive por hacerse cargo de nuestro equipaje y que podamos llegar a la recepción con las manos en los bolsillos.


Unas puertas correderas nos sitúan en un amplísimo y luminoso hall. Distintas alturas de techos pero luz a raudales tanto por la cristalera, algo apagada, de la puerta principal, como, y especialmente, de la del fondo que da a las piscinas y al mar. Aquí delante un delicado, cálido y agradable espacio con butacas y sofás para la tertulia y la charla. Un poco más allá, un precioso piano de cola. Hacia la izquierda, algo oculto, el mostrador de recepción. Entre medio distintos escritorios para relacione públicas, servicios externos al hotel... Todo en tonos blancos, crudos y arenas. Maderas, alfombras y moquetas en tonos cálidos. 

Bajo un altísimo techo alrededor del cual se abren varios pisos con algunas habitaciones encontramos el largo mostrador de recepción, en mármol blanco y marrón. El mostrador tiene cuatro puestos de trabajo con enormes pantallas que nos separan, quizá demasiado, de la joven que nos atiende. Bastante procedimental todo: DNI, tarjeta de crédito... pese a tener los datos de la tarjeta de fidelidad de la compañía. Al menos resulta simpática. Nos explica algunos de los servicios del hotel, el horario de bares y restaurantes y del wifi que es gratuito y que funciona perfectamente por todo el hotel con un sencillo acceso.


Volvemos sobre nuestros pasos y cruzamos todo el lobby por un pasillo acristalado a la derecha con vistas a la vegetación de la puerta principal. A la izquierda el bar, con suave música, y una zona de business center con varios equipos informáticos, prensa y algunos libros.

A continuación el mármol del suelo torna en moqueta color rosa. Mullida para apagar los ruidos de los pasos y de las ruedas, ya que empezamos a atravesar allí varios pasillos con habitaciones. Paredes en crudo con puertas en madera decorada con celosías y marquetería en tono natural. Las luces podrían ser algo más efectistas porque hay una cierta sensación de frialdad en la zona. No hay más decoración que los círculos rojos de la moqueta y las puertas de madera. Los números de las habitaciones aparecen en una sosa placa de porcelana de colores apagados.

Tras la puerta sentimos frío. El aire acondicionado está puesto demasiado fuerte. Y quizá nosotros también llegamos algo destemplados del viaje con turbulencias y demás. Mármol crudo en el suelo, quizá algo frío para ir descalzo, paredes pintadas en el mismo tono. A la derecha de la puerta varios interruptores y la rendija para introducir la tarjeta y activar las luces. A la izquierda hay una repisa con un espejo encima y después un larguísimo armario con cuatro puertas de madera clara como con celosías. En el primero hay varios cajones y un colgador sin perchas. En el segundo, que es doble hay baldas, varios cajones de cristal, la caja fuerte con enchufe en el interior y un colgador largo con varias perchas normales de distinto tipo (para trajes, faldas...). Además encontramos un albornoz, una plancha y la tabla de planchar, como suele ser típico en los hoteles gestionados por compañías americanas. En el último armario hay un minibar vacío para rellenar con los productos que uno quiera y que traiga de fuera y una bandeja de cortesía con una cafetera y varios servicios de café, te...


A la derecha de la puerta encontramos abierta una puerta doble de espejos por la que se accede al inmenso baño. En la misma entrada del dormitorio está el display del aire acondicionado. Funciona algo ruidosamente pero de forma eficaz. Dispone de un interruptor de encendido y apagado, varias potencias de aire y una rueda con modo automático para gestionar la temperatura a la que sale el aire.

El dormitorio es enorme. La decoración, la luz y el ambiente son muy agradables. A la izquierda hay un gran maletero de forja sobre el que cuelga un gran espejo con marco de madera. A continuación está el escritorio. Enorme. En madera con la parte de arriba de cristal. Sobre él tan sólo una lámpara de mesa (de luz algo escasa para trabajar) y un teléfono inalámbrico. Espacio inmenso para trabajar. En la pared, un enchufe para conectar el portátil u otros equipos electrónicos. Bajo el escritorio una papelera cuadrada de piel marrón y dos cajones. A continuación y bajo la pantalla de televisión que aparece enmarcada en madera sostenida de la pared, un cajonero de madera con una carpeta con folletos de información del hotel. 

Al fondo de la habitación, haciendo chaflán está la terraza. Descomunales puertas de cristal de apertura corredera, protegidas por un severo foscurit y un visillo en tonos arena. Fuera, un gran espacio rematado con una barandilla de forja dos butacas y una mesa de centro. Vistas, no muy afortunadas al jardín lateral del hotel, y a la inmensidad del cielo azul. Por dentro, también junto a la terraza hay dos butacas de piel muy cómodas con sendos cojines rojizos y una mesa redonda de centro con algunas revistas de la zona.

La cama es impresionante. La pared en la que está enmarcada está protegida por vescom gris, en contraste con el tono crudo del resto de la habitación. Un cabecero de madera con aire algo rústico y a juego con el resto del mobiliario. De los extremos salen dos pequeños y discretos brazos con luces de lectura. A ambos lados de la cama, sendas mesillas con cajón y con lámparas de pié y pantalla blanca. En ambas, una botella de agua de cortesía y en una de ellas un reloj despertador con dos puertos USB para cargar aparatos electrónicos. La cama es comodísima. Increíblemente cómoda. Mullida y suave, acogedora. Frescas y suaves sábanas cubiertas por un ligero nórdico. Cuatro enormes almohadas de distinta firmeza.

El descanso se consigue sin problemas. La oscuridad es total. El entorno exterior es súmamente tranquilo por lo que no se oye ningún ruido. La insonorización interior, en cambio, podría mejorar. Durante el día si que oímos alguna voz en el pasillo exterior, pero durante la noche la calma es absoluta. 

El baño es descomunal. A la izquierda de la entrada encontramos una enorme bañera con una pared de espejo. En ella hay un toallero con dos toallas de baño, enormes, mullidas, generosas. También hay un dispositivo que permite extender una cuerda para tener ropa a secar. De frente encontramos una enorme encimera que recoge dos lavabos. Bajo ellos un armario de madera con puertas. Sobre ella, una repisa de mármol y un enorme espejo de pared a pared con un aplique de luz a cada lado. En esa repisa, sobre una tabla de pizarra con dos vasos se ofrecen las amenities (gel, champú -delicioso-, enjuague bucal, crema hidratante, acondicionador, una curiosa esponja como de telas, gorro de baño, set de afeitado, costurero, bastoncillos y algodones desmaquilladores). Una caja de pañuelos de papel, un potente secador de pelo metido en una bolsa de tela, un espejo de aumento iluminado y un par de toallas de manos.

A la derecha del baño hay una enorme cabina de ducha protegida por una puerta de cristales opacos. Junto a ella en una percha un mullido albornoz con zapatillas y al otro lado otra toalla de baño. Dentro, aunque la alcachofa de ducha podría ser mejorable, la presión, el caudal y la temperatura son impresionantes. Impresionantes. Junto a la ducha, tras una puerta encontramos el inodoro y el bidet y una papelera metálica en un espacio suficiente y bien iluminado, como el resto del baño. Varios puntos de luz en el techo permiten distintas opciones de iluminación. 

Salimos muy temprano por la mañana. Demasiado. Un simpatiquísimo joven recepcionista bromea con nosotros por el madrugón mientras nos ofrece un café caliente con unos donuts mientras terminamos los trámites de salida. Nos desea un buen viaje, y la esperanza de que nos podamos volver a ver pronto en "mejores" circunstancias.

Calidad/precio: 10
Servicio: 9.5
Ambiente: 9.5
Habitación: 9.5

Baño: 9.5
Estado de conservación: 9

Desayuno: 
Valoración General: 9.5

miércoles, 29 de agosto de 2018

LOPESAN BAOBAB RESORT (MELONERAS - LAS PALMAS)

LOPESAN BAOBAB RESORT (*****)
Mar Adriático 1
35.100 Meloneras (Las Palmas)

Habitación 1003
Fecha de entrada 21/11/17
Tarifa:

En Maspalomas, al sur de la isla, rodeado de dunas, otros enormes complejos hoteleros y varias fincas rústicas esperando nuevos desarrollos urbanísticos, encontramos este inmenso complejo hotelero que pretende recrear visualmente el África más oscura y negra.

Un inmenso atrio con cascadas, exuberante vegetación, troncos traídos de África y varios puentes nos conduce hacia la recepción. Atrás queda un amplio espacio en el que los autobuses y taxis evacuan decenas de viajeros casi constantemente. Bajo un parasol nos recibe un tipo uniformado que nos pregunta si necesitamos ayuda con el equipaje. 

Atravesamos el atrio y entramos en una oscurísima recepción. El espacio sigue siendo enorme: techos altísimos, sofás y butacones con motivos africanos (caretas, pieles de animales, cañas...) por todos los sitios. Un inmenso y largo mostrador aparece atendido por tres personas vestidas con un uniforme de aire colonial. Varios cordones indican la manera de hacer la fila para ser atendidos. Sobre el mostrador simplemente un cuenco como de concha con algunos caramelos. Nada más. Todo muy oscuro. Mucho. Demasiado. Nos atiende un simpático joven de color que nos da la bienvenida y nos ofrece una copa de bienvenida. Nos pide el DNI, la tarjeta de crédito. Todo demasiado procedimental. Amable pero tedioso. Copia los datos y nos asigna una habitación. Nos entrega un plano para que sepamos ubicarla pero apenas se ve lo en él aparece. Incluso sobre el mostrador falta luz. Nos explica la dirección para llegar hasta nuestro dormitorio y nos entrega en un folio las claves del wifi gratuito  que funciona bastante rápido y sin cortes en todo el complejo. Nos indica que está a nuestra disposición por si luego queremos acercarnos a que nos explique todas las posibilidades del complejo, que son infinitas (gimnasios, varias piscinas, bares y restaurantes...).

Volvemos sobre nuestros pasos, cruzamos de nuevo el atrio y entramos en un edificio en el que alrededor de un patio lleno de exuberante vegetación se abren las habitaciones. Todo oscuro. Apenas unos puntos anaranjados cada tramo de pasillo nos ofrecen algo de luz. A la derecha están los ascensores. Tres, enormes, de puertas automáticas y forrados en madera tropical. En un lado un enorme espejo con un marco de tela de animal. En el otro, una pantalla de televisión que ofrece el carrusel de información del hotel (horario de bares y restaurantes, espectáculos, piscinas, alquiler de barcos...). 

El piso de arriba sigue siendo igualmente oscuro. Resulta casi complicado leer las indicaciones de las habitaciones. Suelo porcelánico oscuro, paredes en madera con alguna iluminación indirecta. La sensación es ciertamente africana. Como si nos encontráramos en un poblado del medio del África negra. Introducimos la tarjeta en la ranura de la puerta y la abrimos. Dentro, sigue la oscuridad: luces de poca intensidad, y muchas indirectas. Suelo porcelánico negro. Hay que entrar un poco adentro para introducir la tarjeta en una ranura que activa la escasa luz. El espacio en general resulta muy amplio, cálido y acogedor. 

A la derecha hay una repisa verde bajo un gran espejo en la que se presentan varios folletos con servicios del hotel y un par de botellas de agua. A la izquierda, el lavabo, sin puerta y la zona de baño.

Un largo pasillo de madera en ambas paredes nos lleva hasta el dormitorio. En el lado derecho del pasillo, un largo armario con tres puertas. Tiene de todo: baldas, colgadores altos y cortos, perchas normales y antirrobo, algunas incluso forradas de terciopelo y tela de de leopardo, cajoneras, zapatero, caja fuerte, un calzador, la bolsa de lavandería, una gamuza lustrazapatos y un set de costura. El pequeño minibar también está en el armario. Surtido fenomenal, casi tanto como sus precios. 

Unos pasos más adelante encontramos el enorme dormitorio. Oscuro. A la derecha hay un maletero de metal y tela que quizá desentona en el conjunto. De seguido un armario bajo con varios cajones, y a continuación un generoso escritorio que es una madera anclada a la pared sin patas. Frente a él, una comodísima silla de trabajo (giratoria y con ruedas) en piel blanca. En la pared de enfrente hay dos enchufes para poder trabajar con el portátil conectado. Por encima de todo ese mobiliario hay un largo trozo de madera pintada con motivos indígenas. Retranqueo en su parte baja hay un largo punto de luz que ilumina un poco la zona del escritorio. En medio hay dos puertas correderas de madera que ocultan una televisión plana. Sobre el maletero, anclado en la pared hay una rueda que permite encender el aire acondicionado, algo ruidoso, y regular su potencia, pero no hay opción de regular la temperatura ni una opción automática. Sólo encendido y apagado.

Al final del escritorio está la terraza. Toda la pared es de cristal con dos enormes y pesadas puertas con un curioso sistema de apertura que cuesta entender. Protegida por un visillo de lino color crudo y un cortinón con foscurit de rayas negras y doradas. Fuera, generoso espacio, con dos butacas, una mesa, un tendedor plegable y una barandilla en metal rematada con un tronco. Por la noche dos luces amarillas iluminan automáticamente la terraza.

A los pies del escritorio hay un formidable y cómodo sofá de piel en tono crudo. Varios cojines, una lámpara de pie que no luce y una mesa pequeña y redonda como para apoyar una copa o una botella. Sobre el sofá un gran cuadro. 

Las camas son dos, empotradas contra un alto cabecero de piel como de serpiente. Aparecen cubiertas con una única colcha de punto de tono verde. Blancas. Con una almohada cada una. Vestidas con suave lencería y un ligero nórdico. A cada lado hay sendas mesillas. En una el teléfono con un bolígrafo y un bloc de notas. En la otra, algunos avisos del hotel y un bombón de cortesía. Bajo cada una de ellas hay un enchufe disponible. Sobre ellas hay dos lámparas de noche con pantallas de tela cruda y dos brazos direccionables de potente luz para leer desde la cama. Los interruptores, en negro, son un lío. Hay algunos que no sirven para nada, y hay otros activan luces que quedan demasiado lejos. 

La insonorización es manifiestamente mejorable. Se escucha demasiado lo que pasa en las habitaciones contiguas (enchufes, interruptores, pasos, voces, duchas...) y también lo que pasa en el pasillo exterior (rodar de maletas...).

El baño está junto a la entrada. La zona de lavabo sin puertas. Una encimera oscura recoge un lavabo blanco exento. Sobre él hay un gran espejo enmarcado en metal. A un lado un espejo de aumento. Al otro, un potente secador, junto a los interruptores que encienden las luces de la zona y que cuesta encontrar. En un trozo de tronco se ofrecen algunas -quizá escasas, aunque curiosas- amenities: gorro de ducha, peine, crema exfoliante y tónico, dos vasos y una caja de pañuelos de papel. Un bote anclado a la pared provee el jabón de manos. Bajo la encimera hay una bandeja extraible con dos toallas de manos y dos de ducha, grandes, blancas, mullidas y cuidadas personalizadas para la cadena. 

A la izquierda del lavabo, en la pared de madera, encontramos casi oculta la puerta del wc. Un pequeño espacio con el inodoro. Como la cisterna apenas tiene presión hay colocada una antihigiénica escobilla de baño. 

A la derecha, tras una puerta de cristal opaco de la que cuelgan dos suaves albornoces de tela, encontramos un espacio con la ducha y una generosa bañera. Paredes oscuras de porcelana y suelo de piedra pulida muy agradable al tacto. La ducha ofrece un grifo de teléfono, y un gran rociador muy alto. Así como la presión y el caudal del lavabo eran algo justos, el de la ducha es descomunal. Da gusto. El champú/gel se ofrece desde un bote anclado a la pared. Falta la alfombrilla de baño, y por debajo de la puerta se cuela el agua, dejando perdido todo el espacio del lavabo tras ducharnos. 

Por la mañana en un gigantesco y bullicioso salón (con terraza) se sirve un descomunal buffet de desayuno. Una seria joven con un Ipad chequea que estemos autorizados para entrar. Dentro todo es un poco follón. Gente por todos los sitios, niños gritando, una enorme barra de cocina en directo en la que además se ofrecen todos los platos calientes inimaginables (sándwiches, huevos fritos, cocidos, revueltos con distintas opciones, salchichas, chorizos, bacon, patatas, verduras, churros...). En varios puestos se ofrecen fiambres, quesos, jamones, untables, salmón, multitud de tipos de panes, zumos naturales de todo tipo, mezclas de zumos y batidos de verduras, crujiente bollería de infinidad de variedades. Varios camareros se aseguran de que no falte de nada y de ofrecer enormes jarras de café que uno puede sustituir por café de la máquina que ofrece distintas y curiosas posibilidades (capuchino, macciato, latte...) no malas.

La despedida en recepción es algo atropellada. Pregunta por el minibar y por si necesitamos ayuda con el equipaje o el transporte. 

Calidad/precio: 
Servicio: 8.5
Ambiente: 9
Habitación: 9
Baño: 9
Estado de conservación: 8.5
Desayuno: 8.5
Valoración General: 8.5 

lunes, 16 de julio de 2018

NH MINDORO (CASTELLÓN DE LA PLANA - CASTELLÓN)

NH MINDORO (****)
Carrer de Moyano 4
12.002 Castellón de la Plana (Castellón)

Habitación 403
Fecha de entrada: 20/11/2017
Tarifa:

En el mismo corazón de la ciudad, justo donde las calles empiezan a ser peatonales y a un paso de la Catedral y el resto del casco histórico, NH gestiona uno de los hoteles más tradicionales de la ciudad.

Un edificio en una esquina. Diez plantas rotas por generosos balcones. Lineas rectas. Edificio algo antiguo pero cuidado e incluso remodelado en algunos tramos. Una planta acristalada sobre la recepción le concede algo más de altura y estilización. La entrada se sitúa en una calle ya peatonal, frente a una iglesia. La planta baja está a pie de calle y aparece totalmente acristalada. El bar-restaurante se llena de luz, y la recepción también. Un par de sitios para parar el vehículo en la misma puerta del hotel, en una zona de acceso no permitido, se agradecen. Una puerta automática de cristal, nos adentra en la recepción, llena de luz exterior y también interior. Un golpe de blanco lo llena todo: paredes blancas, mostrador blanco, suelo blanco... 

El mostrador es un potente armario de madera blanca. Tras él hay un armario portallaves también en blanco. Dos puestos de trabajo y algunos folletos y pantallas con información sobre el hotel. Nos atiende un joven que nos pide el DNI hasta que se da cuenta que ya tiene los datos. Nos hace firmar el bienvenida y nos entrega la llave, de las de antes de seguridad. Con un llavero que es una tarjeta. Nos indica el horario del desayuno y le preguntamos por el wifi, que es gratuito y funciona, como en toda la cadena, con una clave sencilla. Rápido y sin cortes. 

Tres escalones nos sitúan al nivel de los ascensores, que están como en una balconada en la que un rollup hace publicidad del propio hotel. Tres, de puertas automáticas metálicas. El interior, algo angosto, revestidos en madera y con un espejo. Algunos carteles de servicios del hotel. Salimos a un pequeño recibidor por el que corre a derecha e izquierda el pasillo con las habitaciones. Suelo porcelánico en tono verdoso, quizá demasiado ruidoso al paso de las maletas. Luz abundante pero poco efectista. Paredes con estuco azul y puertas de madera brillante con un pomo redondo plateado que fue mítico en la cadena.

Abrimos la puerta con la llave y accedemos a un largo pasillo que gira hacia la derecha. Suelo de lamas de madera, en general bien cuidado, aunque se nota el paso del tiempo. Paredes forradas en madera hasta media altura, luego estuco en crudo. Un interruptor activa la luz de toda la habitación.  

Al final de ese pasillo, a la izquierda encontramos la puerta del baño. A continuación otra puerta aísla el dormitorio. Nada más abrirla encontramos el display del aire acondicionado. Una rueda de temperatura, encendido y apagado y la potencia. No hay función automática. Resulta ruidoso y poco eficaz. No pasamos frío, pero la temperatura del aire no es ni mucho menos la que indica la rueda. 

Un paso más adelante está el dormitorio. De frente encontramos un maletero de madera con un cojín azulón. A continuación un escritorio, generoso, en madera con la mesa de mármol. Aunque es grande, el espacio se lo come una bandeja con algunos productos del minibar (gominolas, frutos secos, patatas fritas, vino, vasos) y una botella de agua de cortesía que agradecemos. Una gran pantalla plana también ocupa el espacio de trabajo, y se sitúa sobre el armario del minibar generosamente surtido.

Como el espacio del dormitorio no es muy grande, la silla (en madera y terciopelo azul) apenas puede salir de debajo de la mesa. Debajo hay un enchufe disponible de difícil acceso, y sobre la mesa, colgando de la pared, un cuadro. 

Al fondo, toda la pared es una puerta corredera de cristal que da acceso a una generosa terraza con vistas a la puerta principal. La ventana entera aparece cubierta con un visillo en tono crudo y un potentísimo y cuidado foscurit recubierto en cortina azul y amarilla. Ni una gota de luz se cuela en la habitación. Junto a la terraza, algo desubicada, hay una butaca de terciopelo azul, incómoda de lo desgastada que está. 

La cama es muy cómoda. Un potente colchón y cuatro almohadas de distinta rigidez se ofrecen bajo una suave lencería y un nórdico. Todo ello recubierto por una limpísima colcha blanca. Lástima que la insonorización interior del edificio sea manifiestamente mejorable, y se escuchen especialmente los ruidos de la habitación superior. La insonorización exterior, aunque no es óptima, no presenta problemas al tratarse de una zona tranquila. La cama está empujada contra un cabecero de madera y terciopelo azul. A cada lado hay sendas mesillas con cajón en madera, y parte superior en mármol. Sobre una de ellas, está el teléfono, un bloc de notas y un bolígrafo. Sobre ambas, interruptores blancos para apagar todas las luces. El juego de luces es adecuado. Hay tres puntos en el techo sobre el escritorio, y dos lámparas metálicas con pantalla color crudo sobre cada mesilla. Quizá en el escritorio para trabajar se echa de menos un flexo, lo mismo que alguna luminaria más potente sobre las mesillas para poder leer desde la cama. Lo que no es de recibo es que el único enchufe disponible esté situado detrás de la cama, por lo que hay que separar esta del cabecero para poder recargar nuestros artilugios electrónicos.

Junto a la cama está el generoso armario, empotrado, con dos puertas correderas de espejo. Dentro, baldas en tonos azulados, la caja fuerte, un colgador largo con perchas antirrobo de distintos formatos. 

El baño resulta pequeño. Recuerda mucho a los NH de los 90. Suelo de mármol y paredes, renovadas, en baldosas color chocolate hasta el techo. A la izquierda la encimera también de mármol con el lavabo, un flojo secador de pelo algo anticuado anclado a la pared, y una bandeja con las amenities  propias de la cadena (champú, gel, crema hidratante, gorro de baño y jabón). El grifo, que es moderno tiene un difusor de aire, y aunque la temperatura es adecuada, tanto la presión como el caudal son mejorables. 

En la pared del fondo hay una viejísima ventana cuidadosamente oculta tras una cortina tipo estor. Allí debajo está el inodoro, y sobre él, un toallero con las dos toallas de manos y las dos de baño. Son correctas de tamaño y calidad, aunque alguna presenta algún roto y deshilachado. 

A la derecha queda la bañera. En su interior una ducha con alcachofa de masaje algo antigua. Le ocurre lo mismo que al grifo: falta caudal y sobra presión de aire que a veces llega a pinchar demasiado. La bañera se protege con una mampara de cristal opaco con dos cuerpos, uno de ellos móvil para permitir el acceso.

Por la mañana en el entresuelo, en un luminoso salón, se sirve el desayuno. La configuración de la sala resulta como muy aburrida y cuadriculada: sillas grises y mesas negras, unas al lado de otras, demasiado juntas. Mantel y servilletas de papel. La persona que lo atiende está más pendiente de algún lío que tiene con el ordenador, que de dar los buenos días y ayudar a los huéspedes. Un lateral es todo de cristal, con vistas a la puerta principal. En los otros laterales se ofrece un espléndido buffet: zumo de naranja natural, frutas cortadas y preparadas, yogures, lácteos, fiambres y quesos, ibéricos y jamón, pizzas, sándwiches minis preparados, cocas de verdura típicas de la zona,  platos calientes (huevos, bacon y salchichas) y un generoso surtido de miniaturas de bollería. El café, correcto.

Antes de despedirnos, en recepción, nos preguntan por el minibar, pero también, con simpatía nos ofrecen ayuda para continuar nuestro viaje. 

Calidad/precio: 
Servicio: 7
Ambiente: 7
Habitación: 7.5
Baño: 6
Estado de conservación: 7
Desayuno: 8
Valoración General: 7.5 

martes, 3 de julio de 2018

HOTEL GALICIA PALACE (PONTEVEDRA)

HOTEL GALICIA PALACE (****)
Avenida de Vigo 3
36003 Pontevedra 


Habitación: 609
Fecha de entrada: 18/11/2017
Tarifa: 

En el mismo corazón de la ciudad, en una pequeña calle casi peatonal, con una zona de carga y descarga de vehículos justo frente a la puerta. Un edificio de siete plantas, de ventanas largas cortadas por pisos de color azulado. Unas pocas escaleras, sobre las que se sitúan un montón de banderas y las letras que indican el hotel, nos sitúan en una lentísima y grandísima puerta giratoria que nos introduce en la recepción. El dorado de la puerta ya presagia que el interior no será excesivamente moderno.

Tampoco es viejo. Suelo de terrazo marrón, espacio amplio, luces amarillentas, poco efectistas. De frente, bajo un mural colorista una zona con varios sofás en marrón y blanco. Hacia la izquierda, ya cerrada a la hora que llegamos, la cafetería y el restaurante. Hacia la derecha, la escalera, en semicírculo, los ascensores y a la derecha del todo el largo mostrador de recepción. El fondo forrado en madera brillante, el mostrador en una porcelana imitando al acero cortén. Varios puestos de trabajo bajo unas lámparas alargadas con pantallas en tonos amarillentos. Cálida sensación aunque con un punto trasnochado (que no viejo). Demasiados folletos y carteles en el mostrador, que resulta muy separador asumiendo que además tras él, los recepcionistas tienen una mesa de trabajo, lo que todavía nos separa más. 


Nos atiende un señor todo procedimiento. Pasa la medianoche larga, pero hay que pedir el DNI, copiarlo y todo eso. Que no se entere la policía que no he dormido allí también. Cuando termina, nos entrega la llave, una tarjeta blanca sin personalizar. Nos entrega un papelito con la extraña clave del wifi que funciona bastante bien en todo el hotel, de forma veloz y sin cortes. Le preguntamos por el desayuno y nos damos mediavuelta para recorrer la media docena de pasos que nos separan de los ascensores. Dos. De puertas automáticas. El interior, revestido en madera, con un espejo en la pared del fondo, varios carteles sobre los servicios del hotel (uno enorme anunciando el canal+) y una botonadura moderna pero combinada con unas placas más antiguas que indican lo que hay en cada planta.


Salimos a un pasillo con la luz algo fría. puertas de madera oscura, paredes entre azul y gris y suelo en gris brillante, algo ruidoso para el paso de las maletas con ruedas. Las luces se van encendiendo a nuestro paso con un sonoro repiqueteo. Tras la puerta, el suelo sigue gris, pero en una limpia madera. Las paredes, pintadas en tono crudo. Un largo pasillo de fría luz termina en un formidable salón. 


Antes del salón, a la derecha encontramos un armario empotrado de tres piezas, con puertas de madera con algún detalle de marquetería y pomos metálicos finos y alargados. El armario es enorme. Tras una puerta, baldas y la caja fuerte; tras las otras un formidable y alto perchero con perchas de todo tipo. También, la bolsa de la lavandería, una gamuza limpiazapatos y el calzador. A la izquierda la puerta que lleva al dormitorio. Y allí delante un alargado salón. Un sofá doble muy cómodo con una mesa de centro delante con un par de libros. Un armario que sostiene una pantalla plana de televisión acoge el minibar de generoso surtido. Un poco más al fondo, cerca de la ventana, cubierta por una cortina (algo fea) en tono arena, una mesa de trabajo de cierto estilo escritorio inglés en madera algo rojiza (como casi todo el mobiliario) con su silla de trabajo (algo incómoda en el respaldo y tapizada en una tela floreada) y algunos enchufes para los aparatos electrónicos. Esa zona queda iluminada por el potente y frío foco que hay junto a la puerta de entrada y por una lámpara de pié que proyecta hacia el techo dando una sensación más cálida pero tampoco tanto. 


Entramos en el dormitorio y a la izquierda nos encontramos la estrecha puerta del baño. En madera robusta de color oscuro y pomo dorado. Unos pasos más adelante encontramos el display del aire acondicionado, que es muy sencillo de manejo aunque algo ruidoso en su operativa. Eficaz en cualquier caso, pero imposible dormir con él encendido. El siguiente paso es el dormitorio. Enorme, descomunal. A la izquierda, un maletero al que va pegado un generoso escritorio en madera sobre el que hay un bade, también en madera, anclado. Algunos folletos del hotel y de servicios cercanos ocupan el espacio. La silla que hay debajo no es muy cómoda para el trabajo. De madera y tapizada en tela de colores tiene un respaldo algo estrecho para que resulte cómoda. No hay enchufe disponible pero el más cercano es el de la mesilla y queda allí cerca. Sobre el escritorio hay un espejo enmarcado en madera a juego con el mobiliario. Y sobre el maletero una lámpara con tulipa. Aunque la luz podría ser más efectiva, la que hay, no es mala, aunque escasa para poder leer en la cama. A cambio, la sensación de acogida se incrementa. 


En el medio, una enorme cama blanca. Empotrada contra un cabecero de madera brillante del que salen dos mesillas, generosas, con enchufes e interruptores para apagar todas las luces. Vestida con una suave sábana y un ligero nórdico resulta muy cómoda. Sobre la cama hay un tríptico de tonos dorados y motivos vegetales. La insonorización exterior del hotel es excelente, y la interior (con tantas puertas) también. No se oye nada. Lástima que la luz azul de standby del televisor haga que se llene de luz la estancia durante la noche. La tele está situada sobre un pequeño armario que acoge el minibar. Tras ella, oculta por unas cortinas en tonos arena y un poderoso foscurit hay una ventana a un estrecho y oscuro patio interior. Al fondo, oculta tras otras cortinas similares hay otra ventana enorme con vistas a la puerta principal. Junto a ella, y bajo una luz anclada a la pared hay un silla algo incómoda de madera y tapizada en tela de colores a juego con la del escritorio. 



El baño es enorme de tamaño. La primera impresión es que está reformado, pero destaca sobre todo lo limpio y brillante que está todo. Quizá demasiado. Suelo de porcelana en gris muy claro. Paredes iguales pero más brillantes, alicatadas hasta el techo. A la derecha, el inodoro el bidet y un radiador que se agradece por la mañana. Los toalleros, en metal blanco quizá sea demasiado ostentosos. Dos toallas de lavabo y dos de ducha componen el set de lencería. No son espectaculares (algo justas de tamaño) pero tampoco están mal. 

Frente a la puerta encontramos el lavabo, enmarcado en una pequeña encimera de mármol gris claro. En ella, en una cesta de mimbre se ofrecen desordenadas las amenities (un peine, unos pañuelos de papel, un set dental, una esponja y un lustrazapatos) siendo algunas personalizadas para el hotel y otras de marca blanca. Sobre el lavabo un enorme espejo hasta el techo. Junto a él, un espejo de aumento, un secador de pelo de poca potencia y un par de baldas de cristal con dos vasos. 

A la izquierda una enorme cabina de ducha protegida por una mampara de cristal casi hasta el techo con un vinilo que dibuja el logotipo del hotel. Dentro, la ducha se remata en un grifo de teléfono bastante normal. Quizá el enorme espacio de la ducha permitiría o pediría algo más espectacular. A cada lado de la ducha hay sendos dispensadores de gel y champú algo antiestéticos. La presión, el caudal y la temperatura son formidables. 

Por la mañana, en un salón iluminado con luces frías se sirve el desayuno buffet. No es un exceso de surtido, pero tampoco está mal. La calidad algo justa y la presentación, así como la vajilla algo anticuada. Mesas con mantel de tela y servilletas de papel. Café líquido perfectamente prescindible. 

En la recepción por la mañana entrega de llaves y salida. Sin poca más parafernalia. 

Calidad/precio:
Servicio: 7
Ambiente: 6
Habitación: 8
Baño: 7
Estado de conservación: 8
Desayuno: 6.5
Valoración General: