lunes, 16 de julio de 2018

NH MINDORO (CASTELLÓN DE LA PLANA - CASTELLÓN)

NH MINDORO (****)
Carrer de Moyano 4
12.002 Castellón de la Plana (Castellón)

Habitación 403
Fecha de entrada: 20/11/2017
Tarifa:

En el mismo corazón de la ciudad, justo donde las calles empiezan a ser peatonales y a un paso de la Catedral y el resto del casco histórico, NH gestiona uno de los hoteles más tradicionales de la ciudad.

Un edificio en una esquina. Diez plantas rotas por generosos balcones. Lineas rectas. Edificio algo antiguo pero cuidado e incluso remodelado en algunos tramos. Una planta acristalada sobre la recepción le concede algo más de altura y estilización. La entrada se sitúa en una calle ya peatonal, frente a una iglesia. La planta baja está a pie de calle y aparece totalmente acristalada. El bar-restaurante se llena de luz, y la recepción también. Un par de sitios para parar el vehículo en la misma puerta del hotel, en una zona de acceso no permitido, se agradecen. Una puerta automática de cristal, nos adentra en la recepción, llena de luz exterior y también interior. Un golpe de blanco lo llena todo: paredes blancas, mostrador blanco, suelo blanco... 

El mostrador es un potente armario de madera blanca. Tras él hay un armario portallaves también en blanco. Dos puestos de trabajo y algunos folletos y pantallas con información sobre el hotel. Nos atiende un joven que nos pide el DNI hasta que se da cuenta que ya tiene los datos. Nos hace firmar el bienvenida y nos entrega la llave, de las de antes de seguridad. Con un llavero que es una tarjeta. Nos indica el horario del desayuno y le preguntamos por el wifi, que es gratuito y funciona, como en toda la cadena, con una clave sencilla. Rápido y sin cortes. 

Tres escalones nos sitúan al nivel de los ascensores, que están como en una balconada en la que un rollup hace publicidad del propio hotel. Tres, de puertas automáticas metálicas. El interior, algo angosto, revestidos en madera y con un espejo. Algunos carteles de servicios del hotel. Salimos a un pequeño recibidor por el que corre a derecha e izquierda el pasillo con las habitaciones. Suelo porcelánico en tono verdoso, quizá demasiado ruidoso al paso de las maletas. Luz abundante pero poco efectista. Paredes con estuco azul y puertas de madera brillante con un pomo redondo plateado que fue mítico en la cadena.

Abrimos la puerta con la llave y accedemos a un largo pasillo que gira hacia la derecha. Suelo de lamas de madera, en general bien cuidado, aunque se nota el paso del tiempo. Paredes forradas en madera hasta media altura, luego estuco en crudo. Un interruptor activa la luz de toda la habitación.  

Al final de ese pasillo, a la izquierda encontramos la puerta del baño. A continuación otra puerta aísla el dormitorio. Nada más abrirla encontramos el display del aire acondicionado. Una rueda de temperatura, encendido y apagado y la potencia. No hay función automática. Resulta ruidoso y poco eficaz. No pasamos frío, pero la temperatura del aire no es ni mucho menos la que indica la rueda. 

Un paso más adelante está el dormitorio. De frente encontramos un maletero de madera con un cojín azulón. A continuación un escritorio, generoso, en madera con la mesa de mármol. Aunque es grande, el espacio se lo come una bandeja con algunos productos del minibar (gominolas, frutos secos, patatas fritas, vino, vasos) y una botella de agua de cortesía que agradecemos. Una gran pantalla plana también ocupa el espacio de trabajo, y se sitúa sobre el armario del minibar generosamente surtido.

Como el espacio del dormitorio no es muy grande, la silla (en madera y terciopelo azul) apenas puede salir de debajo de la mesa. Debajo hay un enchufe disponible de difícil acceso, y sobre la mesa, colgando de la pared, un cuadro. 

Al fondo, toda la pared es una puerta corredera de cristal que da acceso a una generosa terraza con vistas a la puerta principal. La ventana entera aparece cubierta con un visillo en tono crudo y un potentísimo y cuidado foscurit recubierto en cortina azul y amarilla. Ni una gota de luz se cuela en la habitación. Junto a la terraza, algo desubicada, hay una butaca de terciopelo azul, incómoda de lo desgastada que está. 

La cama es muy cómoda. Un potente colchón y cuatro almohadas de distinta rigidez se ofrecen bajo una suave lencería y un nórdico. Todo ello recubierto por una limpísima colcha blanca. Lástima que la insonorización interior del edificio sea manifiestamente mejorable, y se escuchen especialmente los ruidos de la habitación superior. La insonorización exterior, aunque no es óptima, no presenta problemas al tratarse de una zona tranquila. La cama está empujada contra un cabecero de madera y terciopelo azul. A cada lado hay sendas mesillas con cajón en madera, y parte superior en mármol. Sobre una de ellas, está el teléfono, un bloc de notas y un bolígrafo. Sobre ambas, interruptores blancos para apagar todas las luces. El juego de luces es adecuado. Hay tres puntos en el techo sobre el escritorio, y dos lámparas metálicas con pantalla color crudo sobre cada mesilla. Quizá en el escritorio para trabajar se echa de menos un flexo, lo mismo que alguna luminaria más potente sobre las mesillas para poder leer desde la cama. Lo que no es de recibo es que el único enchufe disponible esté situado detrás de la cama, por lo que hay que separar esta del cabecero para poder recargar nuestros artilugios electrónicos.

Junto a la cama está el generoso armario, empotrado, con dos puertas correderas de espejo. Dentro, baldas en tonos azulados, la caja fuerte, un colgador largo con perchas antirrobo de distintos formatos. 

El baño resulta pequeño. Recuerda mucho a los NH de los 90. Suelo de mármol y paredes, renovadas, en baldosas color chocolate hasta el techo. A la izquierda la encimera también de mármol con el lavabo, un flojo secador de pelo algo anticuado anclado a la pared, y una bandeja con las amenities  propias de la cadena (champú, gel, crema hidratante, gorro de baño y jabón). El grifo, que es moderno tiene un difusor de aire, y aunque la temperatura es adecuada, tanto la presión como el caudal son mejorables. 

En la pared del fondo hay una viejísima ventana cuidadosamente oculta tras una cortina tipo estor. Allí debajo está el inodoro, y sobre él, un toallero con las dos toallas de manos y las dos de baño. Son correctas de tamaño y calidad, aunque alguna presenta algún roto y deshilachado. 

A la derecha queda la bañera. En su interior una ducha con alcachofa de masaje algo antigua. Le ocurre lo mismo que al grifo: falta caudal y sobra presión de aire que a veces llega a pinchar demasiado. La bañera se protege con una mampara de cristal opaco con dos cuerpos, uno de ellos móvil para permitir el acceso.

Por la mañana en el entresuelo, en un luminoso salón, se sirve el desayuno. La configuración de la sala resulta como muy aburrida y cuadriculada: sillas grises y mesas negras, unas al lado de otras, demasiado juntas. Mantel y servilletas de papel. La persona que lo atiende está más pendiente de algún lío que tiene con el ordenador, que de dar los buenos días y ayudar a los huéspedes. Un lateral es todo de cristal, con vistas a la puerta principal. En los otros laterales se ofrece un espléndido buffet: zumo de naranja natural, frutas cortadas y preparadas, yogures, lácteos, fiambres y quesos, ibéricos y jamón, pizzas, sándwiches minis preparados, cocas de verdura típicas de la zona,  platos calientes (huevos, bacon y salchichas) y un generoso surtido de miniaturas de bollería. El café, correcto.

Antes de despedirnos, en recepción, nos preguntan por el minibar, pero también, con simpatía nos ofrecen ayuda para continuar nuestro viaje. 

Calidad/precio: 
Servicio: 7
Ambiente: 7
Habitación: 7.5
Baño: 6
Estado de conservación: 7
Desayuno: 8
Valoración General: 7.5 

martes, 3 de julio de 2018

HOTEL GALICIA PALACE (PONTEVEDRA)

HOTEL GALICIA PALACE (****)
Avenida de Vigo 3
36003 Pontevedra 


Habitación: 609
Fecha de entrada: 18/11/2017
Tarifa: 

En el mismo corazón de la ciudad, en una pequeña calle casi peatonal, con una zona de carga y descarga de vehículos justo frente a la puerta. Un edificio de siete plantas, de ventanas largas cortadas por pisos de color azulado. Unas pocas escaleras, sobre las que se sitúan un montón de banderas y las letras que indican el hotel, nos sitúan en una lentísima y grandísima puerta giratoria que nos introduce en la recepción. El dorado de la puerta ya presagia que el interior no será excesivamente moderno.

Tampoco es viejo. Suelo de terrazo marrón, espacio amplio, luces amarillentas, poco efectistas. De frente, bajo un mural colorista una zona con varios sofás en marrón y blanco. Hacia la izquierda, ya cerrada a la hora que llegamos, la cafetería y el restaurante. Hacia la derecha, la escalera, en semicírculo, los ascensores y a la derecha del todo el largo mostrador de recepción. El fondo forrado en madera brillante, el mostrador en una porcelana imitando al acero cortén. Varios puestos de trabajo bajo unas lámparas alargadas con pantallas en tonos amarillentos. Cálida sensación aunque con un punto trasnochado (que no viejo). Demasiados folletos y carteles en el mostrador, que resulta muy separador asumiendo que además tras él, los recepcionistas tienen una mesa de trabajo, lo que todavía nos separa más. 


Nos atiende un señor todo procedimiento. Pasa la medianoche larga, pero hay que pedir el DNI, copiarlo y todo eso. Que no se entere la policía que no he dormido allí también. Cuando termina, nos entrega la llave, una tarjeta blanca sin personalizar. Nos entrega un papelito con la extraña clave del wifi que funciona bastante bien en todo el hotel, de forma veloz y sin cortes. Le preguntamos por el desayuno y nos damos mediavuelta para recorrer la media docena de pasos que nos separan de los ascensores. Dos. De puertas automáticas. El interior, revestido en madera, con un espejo en la pared del fondo, varios carteles sobre los servicios del hotel (uno enorme anunciando el canal+) y una botonadura moderna pero combinada con unas placas más antiguas que indican lo que hay en cada planta.


Salimos a un pasillo con la luz algo fría. puertas de madera oscura, paredes entre azul y gris y suelo en gris brillante, algo ruidoso para el paso de las maletas con ruedas. Las luces se van encendiendo a nuestro paso con un sonoro repiqueteo. Tras la puerta, el suelo sigue gris, pero en una limpia madera. Las paredes, pintadas en tono crudo. Un largo pasillo de fría luz termina en un formidable salón. 


Antes del salón, a la derecha encontramos un armario empotrado de tres piezas, con puertas de madera con algún detalle de marquetería y pomos metálicos finos y alargados. El armario es enorme. Tras una puerta, baldas y la caja fuerte; tras las otras un formidable y alto perchero con perchas de todo tipo. También, la bolsa de la lavandería, una gamuza limpiazapatos y el calzador. A la izquierda la puerta que lleva al dormitorio. Y allí delante un alargado salón. Un sofá doble muy cómodo con una mesa de centro delante con un par de libros. Un armario que sostiene una pantalla plana de televisión acoge el minibar de generoso surtido. Un poco más al fondo, cerca de la ventana, cubierta por una cortina (algo fea) en tono arena, una mesa de trabajo de cierto estilo escritorio inglés en madera algo rojiza (como casi todo el mobiliario) con su silla de trabajo (algo incómoda en el respaldo y tapizada en una tela floreada) y algunos enchufes para los aparatos electrónicos. Esa zona queda iluminada por el potente y frío foco que hay junto a la puerta de entrada y por una lámpara de pié que proyecta hacia el techo dando una sensación más cálida pero tampoco tanto. 


Entramos en el dormitorio y a la izquierda nos encontramos la estrecha puerta del baño. En madera robusta de color oscuro y pomo dorado. Unos pasos más adelante encontramos el display del aire acondicionado, que es muy sencillo de manejo aunque algo ruidoso en su operativa. Eficaz en cualquier caso, pero imposible dormir con él encendido. El siguiente paso es el dormitorio. Enorme, descomunal. A la izquierda, un maletero al que va pegado un generoso escritorio en madera sobre el que hay un bade, también en madera, anclado. Algunos folletos del hotel y de servicios cercanos ocupan el espacio. La silla que hay debajo no es muy cómoda para el trabajo. De madera y tapizada en tela de colores tiene un respaldo algo estrecho para que resulte cómoda. No hay enchufe disponible pero el más cercano es el de la mesilla y queda allí cerca. Sobre el escritorio hay un espejo enmarcado en madera a juego con el mobiliario. Y sobre el maletero una lámpara con tulipa. Aunque la luz podría ser más efectiva, la que hay, no es mala, aunque escasa para poder leer en la cama. A cambio, la sensación de acogida se incrementa. 


En el medio, una enorme cama blanca. Empotrada contra un cabecero de madera brillante del que salen dos mesillas, generosas, con enchufes e interruptores para apagar todas las luces. Vestida con una suave sábana y un ligero nórdico resulta muy cómoda. Sobre la cama hay un tríptico de tonos dorados y motivos vegetales. La insonorización exterior del hotel es excelente, y la interior (con tantas puertas) también. No se oye nada. Lástima que la luz azul de standby del televisor haga que se llene de luz la estancia durante la noche. La tele está situada sobre un pequeño armario que acoge el minibar. Tras ella, oculta por unas cortinas en tonos arena y un poderoso foscurit hay una ventana a un estrecho y oscuro patio interior. Al fondo, oculta tras otras cortinas similares hay otra ventana enorme con vistas a la puerta principal. Junto a ella, y bajo una luz anclada a la pared hay un silla algo incómoda de madera y tapizada en tela de colores a juego con la del escritorio. 



El baño es enorme de tamaño. La primera impresión es que está reformado, pero destaca sobre todo lo limpio y brillante que está todo. Quizá demasiado. Suelo de porcelana en gris muy claro. Paredes iguales pero más brillantes, alicatadas hasta el techo. A la derecha, el inodoro el bidet y un radiador que se agradece por la mañana. Los toalleros, en metal blanco quizá sea demasiado ostentosos. Dos toallas de lavabo y dos de ducha componen el set de lencería. No son espectaculares (algo justas de tamaño) pero tampoco están mal. 

Frente a la puerta encontramos el lavabo, enmarcado en una pequeña encimera de mármol gris claro. En ella, en una cesta de mimbre se ofrecen desordenadas las amenities (un peine, unos pañuelos de papel, un set dental, una esponja y un lustrazapatos) siendo algunas personalizadas para el hotel y otras de marca blanca. Sobre el lavabo un enorme espejo hasta el techo. Junto a él, un espejo de aumento, un secador de pelo de poca potencia y un par de baldas de cristal con dos vasos. 

A la izquierda una enorme cabina de ducha protegida por una mampara de cristal casi hasta el techo con un vinilo que dibuja el logotipo del hotel. Dentro, la ducha se remata en un grifo de teléfono bastante normal. Quizá el enorme espacio de la ducha permitiría o pediría algo más espectacular. A cada lado de la ducha hay sendos dispensadores de gel y champú algo antiestéticos. La presión, el caudal y la temperatura son formidables. 

Por la mañana, en un salón iluminado con luces frías se sirve el desayuno buffet. No es un exceso de surtido, pero tampoco está mal. La calidad algo justa y la presentación, así como la vajilla algo anticuada. Mesas con mantel de tela y servilletas de papel. Café líquido perfectamente prescindible. 

En la recepción por la mañana entrega de llaves y salida. Sin poca más parafernalia. 

Calidad/precio:
Servicio: 7
Ambiente: 6
Habitación: 8
Baño: 7
Estado de conservación: 8
Desayuno: 6.5
Valoración General: 

lunes, 18 de junio de 2018

GRAN HOTEL LAR (SEVILLA)

GRAN HOTEL LAR
Plaza Carmen Benítez 3
41003 Sevilla

Habitación: 416
Fecha de entrada: 16/11/2017
Tarifa:

Un edificio embutido en una manzana de vecinos, con cinco alturas y una fachada algo descuidada en blanco con grandes balcones. Letras art decó sobre la entrada y una primera planta toda de cristal en tono casi verdoso. El entorno, una pequeña plaza arbolada con una escuela y una iglesia será lo único que nos transmita algo en una lamentable estancia.

Sorteados dos escaloncitos bajo un pórtico, se abren, quejosas, las puertas correderas y en décimas de segundo nos vemos transportados a los años cincuenta. No sólo son los desgastadísimos sofás de piel marrón hundidos en su asiento, no sólo es la decoración y el mobiliario, propios de una vivienda de aquella época, no sólo es la luz (fría, impersonal...), no sólo son las plantas artificiales que tratan de decorar ese espacio, no sólo es la música, no sólo es el sonido a transistor del hilo musical, no sólo es el olor a rancio, no sólo es ese enorme y separador mostrador de mármol, no sólo es ese viejo y soso mueble recogellaves, no sólo es la vieja llave de plástico troquelada que te entregan, no sólo es el puñado de revistas y libros desordenados que se amontonan sobre el mostrador... Es que no hay nada que se salve. 

A la derecha una zona con sofás. Al fondo, a la izquierda, frente a los ascensores, el mostrador de recepción. Techo alto, paredes estucadas color amarillo desgastado y otras cubiertas por mármol entre blanco y rosáceo. Tras el mostrador nos atiende un empleado algo desganado. Nos pide el DNI para copiar los datos en el ordenador. A juzgar por el rato que tarda, el equipo informático debe ser también de los años 50. Nada más. No hay interacción alguna más allá de darnos la llave y responder a nuestra pregunta sobre el WiFi. Es lo único moderno del hotel. Además funciona perfectamente bajo una clave sencilla.

Los ascensores, se abren con puertas correderas automáticas en la planta baja. En los pisos, las puertas son de las de antes, de las de empujar. Normal. Suelo de goma, un espejo en la pared del fondo, y un pequeño cartel con publicidad de la cadena a la que pertenece el hotel.

Salimos a un recibidor al que rodean varios pasillos con habitaciones. Anchos, de techos altos desvencijados, paredes en estuco azul, con trozos rotos, ennegrecidos, aparatos de alarma totalmente desfasados que allí siguen, moqueta desgastadísima en el suelo; a tramos hasta deshilachada. Las puertas son de madera, con los números dorados, de aquellos antiguos, anclados al marco. Casi no se ven. La luz es casi fantasmal. Podrías incluso llegar a sentir miedo.

Introducimos la llave en la ranura y abrimos la puerta. Ya nada nos sorprende. Entramos a un pequeño cuadrado que nos separa del dormitorio por una puerta de madera blanca. Huele a humo, o a rancio, o a cerrado, o a todo junto. A la izquierda hay un antiguo diferencial que cría polvo, y dos interruptores. Uno enciende la fría luz de ese cuadrado; el otro, el fluorescente del baño, que está allí tras un escalón y una puerta de madera blanca que no se puede cerrar. El fluorescente es de los que primero vibra (y suena un repiqueteo) antes de encenderse. Paredes estucadas en amarillo con clavos abandonados e interruptores inservibles. Moqueta desgastadísima en verde. Vamos un paso más. Abrimos la puerta del dormitorio. Está oscuro. No hay interruptor. No vemos nada. Asusta. Encendemos la linterna del móvil para buscar la luz. Nada, no hay interruptores. Tenemos que ir hasta el fondo y encenderlo desde la mesilla junto a la cama. Hay dos lámparas de noche sobre las camas. Sólo luce una. 

El dormitorio no es pequeño. A la derecha hay un escritorio de mármol y madera. Sobre él una lámpara de pie con pantalla, de luz amarillenta muy tenue, un cuadro, y un enorme plasma (lo único moderno) con una potentísima luz azul en su standby que molesta -y mucho- por la noche. Delante del escritorio hay una silla de madera tapizada en verde, tan vieja que al sentarnos se le mueven un poco las patas. Por la pared de esa zona corren algunas canaletas blancas con cables para enchufar una lámpara y la televisión. Bajo el escritorio, una papelera. Entre el escritorio y la ventana, que ocupa toda la pared del fondo hay una nevera exenta, de las antiguas, sorprendentemente cargada con aguas, cervezas y refrescos... Sobre ella hay un par de regletas ancladas a la pared con tres enchufes disponibles. Los únicos que hay en toda la habitación, bien lejos de la cama. 

La ventana, con generosa terraza y vistas a la plaza en la que se abre la puerta principal, ocupa toda la pared del fondo. Madera vieja barnizada y rebarnizada y cristal viejo: ni antitérmico, ni antiruidos... El frío y las voces de la calle se cuelan como Pedro por su casa. Un viejo, deshilachado y destartalado foscurit y una vieja y raída cortina en color crudo tratan de proteger inútilmente la luz del exterior. 

A la izquierda de la puerta del dormitorio hay un pequeño maletero, también en madera y mármol. Junto a él, el mando, casi colgante del aire acondicionado. En realidad es simplemente una máquina de ruido. De mucho ruido. Saca poco aire, y ni mucho menos a la temperatura que dice la rueda del termostato. En Sevilla no suele hacer frío, pero los diez grados de esa noche, se cuelan en la habitación con una facilidad pasmosa sin que nada los detenga. Allí mismo está el armario empotrado con dos puertas correderas con espejo. Dentro, un desastre: cajones atascados, una barra colgador doblada con perchas antirrobo de distintos tipos, texturas y colores, una balda caída, un cable colgando que en algún momento debió servir para que alguna luz iluminara su interior. Una caja fuerte ¡¡con llave!! oxidada y raída aparece anclada a la pared. 

Hay dos camas embutidas es un pequeño espacio. Tan pequeño que sólo hay acceso a una de ellas por un lado (el del armario). La otra aparece pegada a las cortinas de la ventana y es imposible entrar por ese lado. Dos colchas de colores entre grises y vinos algo sucias cubren ambas. Debajo, simplemente una sábana. Frío. Ambas se empujan contra un cabecero de madera oscura en el que aún hay unos mandos de algún hilo musical que debió funcionar en su momento. Interruptores, pero no enchufe. Demasiados para las escasas luces que hay en la habitación que queda casi siempre en penumbra, así que resulta imposible el leer o el trabajar durante la noche. Sobre la mesilla un lapicero, un bloc de notas con una hoja y un viejo teléfono en el que aún pone "Telefónica de España". La cama no es incómoda, aunque almohada y colchón, que parecen nuevos, son de una consistencia extraña como si fueran de latex, de los que dejas la marca del cuerpo como los dibujos animados. La sábana bajera se apoya directamente sobre el colchón. Sin más protección. Mejor no pensar. El frío dificulta el descanso, pero también la nula insonorización exterior y la interior. Se escuchan todos los movimientos del pasillo, de las habitaciones contiguas y de las de encima. 

A los pies de la cama, hay una butaca de madera con cojines en color verdoso. Al sentarse, también se cimbrean un poco las patas, lo que demuestra el trato y trote que ha llevado. 

El baño también es antiguo. Generoso de tamaño. Suelo renovado de porcelana. Alicatado con baldosas hasta el techo. Cada trozo de un color, forma y textura distinta. A la izquierda bajo un gran espejo iluminado en su parte superior, y con una estrecha repisa en la inferior, encontramos el lavabo. Exento. Con grifo monomando algo plastificado. Junto a él hay una cesta de mimbre con un puñado de amenities: un bote de gel, dos ¡sobres! de champú, una pastilla de jabón, unos pañuelos de papel y un lustrazapatos. A cada lado del lavabo, en unos rancios colgadores se ofrecen sendas toallas de baño. Bastante decentes. Esas, junto con otras dos de ducha, de escaso tamaño completan el equipo de lencería. Un flojo secador de pelo también aparece colgado de la pared. 


El inodoro es muy antiguo, con un sistema de cisterna de palanca exterior. Es de esos que está lleno de agua casi hasta arriba y sin apenas presión para la retirada del agua. Junto a él hay un radiador que no funciona, y una papelera de plástico blanco de rejilla. Frente a la puerta esta el bidet.

La bañera aparece exenta por tres lados. Es baja. Protegida por una antihigiénica cortina de baño blanca que apenas llega a cubrir dos lados. La barra sobre la que cuelga está más que doblada. O uno presta cuidado o acaba llenando de agua el baño, porque puede salir el agua por cualquier lateral. La ducha es una alcachofa anclada a la pared, embaldosada con baldosas de otro color y dibujo, demasiado baja para los que somos algo altos, que funciona bastante correctamente (caudal, temperatura y presión adecuadas).


Por la mañana quizá haya desayuno, pero además de que salimos muy temprano, casi no nos atrevemos a preguntar por él. En recepción, un joven consulta el ordenador y esperamos a que se cargue en la pantalla, a esa velocidad de los años 50, que ya está todo pagado. Adiós. De verdad. Adiós. 

Calidad/precio:
Servicio: 4
Ambiente: 1
Habitación: 3
Baño: 4.5
Estado de conservación: 3
Desayuno:
Valoración General: 3.5

miércoles, 6 de junio de 2018

SENATOR BARAJAS (MADRID)

SENATOR BARAJAS
Galeón 27
28042 Madrid

Habitación: 143
Fecha de entrada: 15/11/2017
Tarifa:

En el barrio del aeropuerto en una estrecha y arbolada calle en una calle llena de curvas, rotondas y requiebros, a un paso de las terminales y conectado con estas con un shuttle encontramos bajo la bandera de Senador el mítico y antiguo Tryp Diana. Poco parece haber cambiado desde entonces, del que fue uno de los primeros hoteles del aeródromo madrileño. 

El edificio, de 7 plantas con balcones da una sensación de antiguo con algunos desconchones en la fachada y una acera olvidada por el Ayuntamiento. Poco ayuda la cantidad de negocios (bares, cafeterías, tiendas, rent a car, periódicos...) que pueblan sus bajos con entradas tanto desde la calle como desde el interior de la recepción y que llenan esta de ruidos, voces y jolgorio. 

Antes de entrar en la recepción debemos saltar tres pequeñas escalerillas con una rampa a la derecha para las maletas, todo ello bastante desgastado. La luz fría, incrementa el desasosiego. A la izquierda, el potente mostrador de recepción, de mármol blanco con algo de iluminación en la parte de abajo. Tres puestos de trabajo quizá demasiado juntos. Sobre el mismo, las pantallas de los ordenadores y varios folletos y carteles con servicios del hotel. El recepcionista que nos atiende nos indica que se les han borrado todas las reservas y que no va a poder encontrar la nuestra sin un documento, que no tenemos. Al final, la encuentra. Copia de datos del DNI. Nos entrega la llave con el bienvenida de papel en el que nos indica el horario del desayuno (¡desde las 5.30!) y un papelito con la clave del WiFi. Cuesta bastante conseguir conectar a la red los equipos, pero una vez conectados, la Red funciona veloz aunque con cortes esporádicos. 

Unos pasos más a la derecha, tras otras escaleritas de mármol negro (dejando atrás el claro) encontramos los tres ascensores que prestan servicio. Nuevos, modernos y cuidados. Con algunos carteles de los servicios de restauración del hotel. Las puertas se abren en la primera planta a un recibidor con suelo moderno porcelánico en tono metalizado. Enfrente una pared de estuco color crema con un espejo y los carteles (los antiguos del Tryp) indicando la dirección de las habitaciones. El pasillo está totalmente cubierto de telas (sábanas, toallas, cortinas...). Deben estar arreglando alguna habitación. Bajo las telas, una moqueta en tonos grises bastante cuidada. A derecha e izquierda se abren las puertas de las habitaciones, en madera oscura algo pasada de moda. La luz del pasillo es generosa pero poco efectista. 

Tras la puerta de la habitación el suelo pasa a ser de madera, brillante y cuidada. A largas lamas. Alguna junta está más separada de lo que debería. Paredes de caduco estuco blanco. A la izquierda, la ranura de la llave y la Puerta del baño. Quizá algo estrecha y que ajusta mal con el marco. A la derecha un minúsculo armario de puertas correderas con espejo desencajadas. Una inutilizable, salvo que uno quiera arriesgarse a que se le venga encima. Dentro una balda, un colgador de perchas (antirrobo) corto y la caja fuerte. Un paso más allá, el dormitorio. 

La luz, el desgastado y trabajado mobiliario (de madera clara brillante con numerosas marcas de cigarrillos), la pared... sigue ofreciendo esa sensación de "rancio" y "caduco" que ya ofrecía la recepción. A la derecha, y de seguido, hay un maletero de madera. Sobre él, un aburrido cuadro. A continuación un pequeño escritorio sobre el que cuelga un espejo y descansan varios folletos del hotel y una televisión plana. Debajo, la silla es una incomodísima banqueta que hace misión imposible el trabajar allí, y junto a ella, un minibar con cuatro botellas de agua mineral cortesía del hotel (¡bien!).

Toda la pared del fondo es una inmensa terraza con vistas a la puerta principal. Protegida por una cortina de tela color arena y un foscurit desvencijado, tanto que resulta difícil cerrarlo del todo y por la junta del medio de los dos tramos se cuela la luz de la mañana (y de las farolas de la noche). Junto a la ventana, una butaca en color arena de tela y madera, con una pequeña mesa redonda de centro.

La cama es enorme, blanca, con un plaid negro algo sucio. Dos almohadas. Un suave nórdico. Colchón cómodo. El descanso resulta sencillo. No se escucha ni el pasillo ni las habitaciones contiguas. Y la calle resulta tranquila como para que haya ruidos. La cama se empotra en un cabecero con sendas mesillas -con cajón- a cada lado de la misma madera que el resto del mobiliario. Sobre una, el teléfono. En ambas, enchufes para los aparatos electrónicos e interruptores para todas las luces. El aire acondicionado funciona con un sencillo display que permite seleccionar la temperatura con una rueda, la potencia con un selector, y el encendido y apagado. Resulta muy eficaz, aunque bastante sonoro. Los alrededores de la rejilla por la que sale el aire están muy deteriorados con la pintura desconchada, manchas de humedad...

El baño es un poco aburrido. Pero grande. Porcelana marrón clara en paredes y suelo (con un ribete negro). A la derecha inodoro y bidet. De frente, la encimera de mármol negro con el lavabo blanco incrustado y sobre él un gran espejo. Delante de la encimera, en una barra, dos toallas de lavabo, que junto con las dos de ducha que se ofrecen en un toallero de la bañera completan el set de lencería. Las toallas son correctas sin más. Quizá las de ducha sean demasiado "sencillas" y con un tamaño un poco justo. 

El grifo del lavabo funciona bien. Tiene una consistencia algo plastificada. El caudal y la presión van justitos, pero la temperatura es envidiable. A la derecha, un flojo secador de pelo y a la izquierda, un espejo de afeitado de aumento. Sobre la encimera, en una bandeja de metacrilato, se ofrece un colorido set de amenities con champú, gel, crema corporal, peine, pañuelos de papel, gorro de ducha... todo ello envasado con la imagen corporativa de la cadena.

La bañera es nueva, seguramente metida dentro de la antigua, porque dentro uno queda como elevado. El techo, ya de por sí bajo, llega incluso a agobiar. La grifería es nueva, y funciona correctamente tanto en caudal como presión y temperatura. Junto a la ducha hay un respiradero bastante sucio con restos de goma marrón. La mampara de cristal que protege la ducha se mueve excesivamente hacia afuera y si no tenemos cuidado podemos poner el baño perdido. Una parte del techo es practicable, posiblemente para acceder a los equipos de climatización. Cuando estos están encendidos vibran demasiado las placas de esa zona. La fría mañana lo es todavía más en el baño, que carece de cualquier elemento calefactor. Para colmo, al encender el aire de la habitación, hay un retorno de aire frío al baño. 


Salimos tan temprano que aunque hay desayuno desde las 5.30, no conseguimos probarlo. En el mostrador, rápidamente comprueban que todo está en orden para la salida y aunque sin demasiado entusiasmo, se despiden con un "buen viaje".

Calidad/precio:
Servicio: 6
Ambiente: 6
Habitación: 7
Baño: 7
Estado de conservación: 5.5
Desayuno:
Valoración General: 6 

domingo, 20 de mayo de 2018

HOTEL HUSA ABAD SAN ANTONIO (LEÓN)

HOTEL HUSA ABAD SAN ANTONIO (****)
Complejo Asistencial de León
Altos de Nava s/n
24071 León

Habitación: 211
Fecha de entrada: 14/11/2017
Tarifa:

Ubicado lejos del centro de la ciudad, pero junto a la ronda de circunvalación de la misma y a la misma puerta del Hospital Universitario de León. Un edificio moderno, construido sobre el inmenso parking hospitalario abre sus puertas en una amplia y desangelada explanada en la que encontramos cafeterías, tiendas de regalos, quiosco... Tres pequeños escalones o una rampa nos sitúan ante un edificio enteramente de cristal, de una planta que alberga la recepción. El resto del edificio resulta complicado encontrarlo porque la entrada está en la máxima altura del mismo y las habitaciones se encuentran en plantas hacia abajo aprovechando el talud del terreno. Luz a raudales durante el día y también durante la noche, porque todo el perímetro del edificio aparece iluminado con potentes focos.

Una enorme puerta giratoria de cristal sobre la que ondean unas cuantas banderas, nos deja en una también desangelada recepción: suelo de mármol color arena, luces frías, paredes de cristal y poca calefacción. Apenas hay una mesa decorativa. A la derecha, como si de un saliente se tratara aparece un cuerpo de madera que alberga el mostrador de recepción: robusto, potente, separador. Tras él un caos de maletas, una estufa, papeles y algunas carpetas. Debemos llegar en hora punta porque tenemos que esperar bastante rato a que nos atiendan. Hay tres clientes delante y la recepcionista, una simpática y amable joven se desvive por cada uno de ellos y por explicarnos todos los servicios del hotel: horarios, parking, opciones de cena, clave del wifi (que funciona a buena velocidad aunque se corta cada x tiempo)... Nos pide el DNI y una tarjeta de crédito, pero mientras trabaja con ello, nos va contando cosas. Al final, nos dice "y ahora, por fin, bienvenido". Bien hallado.

Dos pasos más allá en una zona de la recepción con la luz algo más tenue encontramos los ascensores. Hay tres. Uno dedicado en exclusiva al parking. Puertas metálicas, interior también metalizado pero opaco. Un espejo en la pared del fondo. Dos carteles anuncian la carta y los servicios del restaurante. Poca luz, frío. Moderno pero bastante usado. Nos deja en un distribuidor iluminado con una horrible luz fría como de hospital. Allí se abre el pasillo de las habitaciones: largo, enmoquetado en color vino, con una luz más cálida y con algunos sofás. Se abren a la derecha las habitaciones y a la izquierda con una barandilla de cristal una balconada a la que también se abre el piso inferior.

Tras la puerta, el espacio es muy generoso. Enorme. Suelo de madera oscura muy limpio y cuidado. Paredes pintadas en tono claro. A la izquierda la ranura de la luz y la puerta de madera del baño. Un paso más adelante el display del aire acondicionado: rueda de temperatura, y dos botones uno de encendido y otro de potencia. Funciona con el formato automático, y en su posición más suave, apenas hace ruido. A la derecha, un feo registro de luz y a continuación las enormes puertas de cristal opaco del armario. Iluminado por dentro, ofrece una zona de baldas, colgador con perchas antirrobo, una caja fuerte y un minibar vacío.

El dormitorio es gigante. Quizá algo desangelado. Poca luz, pero adecuada y cálida. Dos lámparas en la pared sobre las mesillas, un punto de luz en la entrada y una lámpara de pie junto al escritorio. Sensación de calidez. Dos camas vestidas con un nórdico y decoradas con un plaid marrón claro a juego con un cojín se sitúan bajo un corto cabecero de madera oscura. Sobre él, en la pared de marrón chocolate cuelga una lámina a color de un castillo. A cada lado de las camas, mesillas con interruptores para apagar todas las luces y en una de ellas (la que tiene el teléfono y un bloc de notas con un lapicero) un enchufe disponible. Colchones y almohadas son cómodos y el descanso se hace sencillo. Los alrededores del hotel son tranquilos y la insonorización tanto interior como exterior es bastante aceptable. 

A los pies de la cama hay un espejo sin marco y una puerta que debe comunicar con la habitación contigua. Junto a ella, un armario que hace las veces de maletero y escritorio. No está viejo pero da la sensación. Algo incómodo al tener el reborde del mismo chapado en metal. Sobre el escritorio un bade, la carta del room service, una encuesta, un libro sobre León, el mando a distancia de la TV, dos enchufes disponibles y la TV colgada de la pared. Bajo él, una papelera y una silla de piel bastante cómoda.

Un enorme sofá de piel negro, que se puede convertir en cama, una butaca tipo chester muy trabajada y una mesa redonda de metal de aire algo retro completan el mobiliario junto a la ventana, que da a una calle tranquila de las de acceso al Hospital aquí y a los campos exteriores de la ciudad allá. Todo protegido por un foscurit y por un visillo en tono crudo, que no terminan de parar toda la luz del exterior, especialmente al amanecer.  habitación.

El baño resulta generoso de espacio. Suelo porcelánico en marrón oscuro. Paredes en marrón claro. A la izquierda de la puerta el bidet, junto al que hay una cajita de plástico con bolsas higiénicas, y el inodoro, con la cisterna incrustada en la pared y un curioso pulsador para su descarga. Sobre él, un toallero, algo desvencijado y suelto de la pared, con dos toallas de ducha. A la derecha una larga encimera de madera, quizá algo baja recoge un pequeño y moderno lavabo. Sobre él, un gran espejo. Un bote anclado a la pared provee de jabón. El set de amenities se completa con una cajita de pañuelos de papel, un gorro de ducha, un lustrazapatos, un peine y un par de vasos de cristal. En la pared de la derecha hay un espejo de aumento y un secador de pelo de escasa potencia.


La bañera resulta muy baja, lo que favorece su acceso. Protegida por una mampara de cristal con unos vinilos. La grifería es moderna, rematada con una alcachofa normal que funciona con un excelente caudal de agua, presión y temperatura. Lástima que también para el cuerpo el champú/gel sea un bote de esos anclados a la pared.

Por la mañana, en un frío y acristalado comedor contiguo a la cafetería del hospital se sirve un prescindible desayuno. Mesas con mantel de papel rojo, servilletas de papel. Un corto surtido de frutas preparadas, zumos de máquina, algo de fiambre y quesos, huevos revueltos poco atractivos, tortilla de patata, bacon, unos bollos algo secos y dos ruidosas máquinas de buen café. 

En el mostrador de recepción, una joven simpática nos prepara la factura a toda velocidad y nos desea un buen viaje. 

Calidad/precio:
Servicio: 7.5
Ambiente: 6.5
Habitación: 8
Baño: 7
Estado de conservación: 8
Desayuno: 6

Valoración General: 7 

martes, 8 de mayo de 2018

HOTEL BADAJOZ CENTER (BADAJOZ)

HOTEL BADAJOZ CENTER (****)
Avenida Damián Téllez Lafuente 15
06010 Badajoz



Habitación: 125
Fecha de entrada: 30/10/2017
Tarifa: 71€ (A+D)

Un edificio de curiosa arquitectura, con un torreón con el logo del hotel, en tonos grises y con ventanas oscuras de cristales algo tintados. Distintos niveles de altura, una terraza con una piscina y un gran pórtico algo laberíntico delante de la puerta giratoria de entrada para estacionar el vehículo y permitir la descarga de pasajeros y equipajes. Ubicado en una de las avenidas exteriores de acceso a la ciudad, aunque no lejos del centro. 

Tras la enorme puerta giratoria, de cristal entramos en una amplia recepción. Aunque las paredes son de cristal, el pórtico de la entrada mitiga mucho la luz en el interior y la sensación es un poco triste y aburrida. Hacia la derecha encontramos una zona con varios sofás, butacas en tonos claros con mesas en el centro. Para esperar, o para charlar un rato. Justo enfrente está el mostrador de recepción, en madera rojiza, semicircular. Más hacia la derecha y al fondo del espacio una bonita escalera de caracol con barandilla plateada en mármol color arena, los ascensores, la cafetería, cerrada con unas paredes de cristal, y un pasillo que lleva al gimnasio y  al salón de desayunos.

En el mostrador no tenemos suerte. No encuentran nuestro nombre por ningún lado. Le indico a la joven que atiende que quizá esté con mi segundo apellido. Tampoco. Ella no puede hacer nada, dice. Le digo, vaya a la pantalla X y ponga mi nombre, así verá todas las reservas que hay hechas para mí, y veremos si es que se han equivocado de fecha. Efectivamente. Me esperaban un mes más tarde. Luego pide los documentos, aunque cuando empieza a copiarlos, el sistema le dice que ya he estado alojado en la Cadena. Nos asigna la habitación y nos da un papelito para un descuento en el restaurante. Nos explica el funcionamiento del wifi, que es gratuito, y funciona a la perfección en todo el edificio. 

Los ascensores quedan detrás de la escalera de caracol. Son dos. Modernos, limpios, con luces tenues. La botonadura bien cuidada indica lo que hay en cada planta. Un espejo algo oscuro y un par de carteles coloristas con los servicios del hotel.Las puertas se abren en un amplio recibidor al que llegan varios pasillos con las habitaciones y el final de la escalera. Una enorme claraboya en el techo deja pasar la luz natural algo tamizada. Paredes en tonos arena, moqueta rosa (algo desgastada) en el suelo y puertas en madera rojiza y en ella, los números metálicos de las habitaciones.

La puerta se abre introduciendo la tarjeta en una ranura en la que está dibujado el logo de la cadena. Tras la puerta, el suelo pasa a ser de madera oscura. Nueva y limpia. A la izquierda encontramos la ranura para meter la tarjeta y activar la luz. Una pequeña repisa de madera y cristal con varios papeles del hotel (el no-molestar, la carta de desayuno...). Un pequeño pasillo. A la derecha la puerta del baño, también rojiza. A la izquierda, a continuación de la repisa el armario ropero. Dos puertas correderas, algo pequeñas. Dentro una zona de colgador largo, otra de corto. Perchas antirrobo. Bajo el colgador corto una cajonera. y la caja fuerte. Además la bolsa de la lavandería, un calzador y una esponja lustrazapatos. Ese espacio se separa del dormitorio con una puerta corredera. Está atascada y no conseguimos moverla. 

La habitación es grande. Pero tiene muchas cosas y por eso queda poco espacio libre. A la derecha nada más entrar encontramos el mando del aire acondicionado. Una regleta para la potencia, otra para el on/off y una rueda para la selección de la temperatura. Es ruidoso y no tiene función auto. Además están las dos camas, cómodas y con almohadas quizá demasiado blandas (para gustos los colores). Vestidas con sábanas blancas y detalles en gris con el logo de la cadena. Están cubiertas por colchas color arena quizá prescindibles. A ambos lados hay sendas mesillas de madera rojiza con cajón y un protector de cristal bajo el que hay varios carteles del hotel (teléfono...). En una de ellas el teléfono, en la otra un bloc y un lapicero. Sobre ambas, sendas lámparas de noche, con tulipas color crudo, algo sucias y dos pequeñas lámparas direccionables de lectura. Sobre ambas mesillas hay unos cuentos interruptores de luz. En uno de los lados, hay un enchufe para el móvil. 

A los pies de la cama y desde la puerta hay un generoso maletero de madera y lamas metálicas, un poderoso armario de puertas retráctiles en el que hay un minibar y una televisión de pantalla plana. Encima, en un display de metacrilato, el mando a distancia. Y a continuación hasta la ventana, un generoso escritorio de madera cubierto con un cristal. Sobre él, una lámpara algo escasa de potencia para ser de trabajo. Hay que desenchufarla para disponer de un enchufe en el que conectar el portátil para trabajar. Sobre el escritorio, algunos folletos sobre la restauración del hotel y encima, un espejo con marco de madera. Delante, una silla tapizada bastante cómoda. 

La ventana, que da a la terraza de la piscina aquí, a la avenida principal un poco más allá está protegida por cristales tintados. Se puede abrir por completo. Cierra bien y es bastante hermética. Por dentro, un foscurit, un visillo y unos cortinones en rojo consiguen frenar bastante eficazmente la luz. El descanso es correcto salvo por los golpes que dan las puertas de las habitaciones al cerrarse que casi hacen vibrar las paredes. Junto a la ventana hay una lámpara de pie a media altura, una butaca y una mesa redonda de madera. 

La gran cantidad de interruptores hace que el juego de luces que se puede conseguir sea más que agradable en función del ambiente que se quiera conseguir. 

El baño sin embargo resulta algo oscuro. Los tres puntos de luz son insuficientes y dejan demasiadas zonas de sombra, incluso en el espejo. Porcelana marrón en el suelo. Sanitarios en blanco y una gran encimera en mármol marrón claro. En ella, el lavabo, con un grifo monomando con presión, caudal y temperatura envidiable. Sobre él un espejo, quizá algo pequeño. En la encimera, sobre un metacrilato negro se presenta el elegante juego de amenities preparado para la cadena: un bote de champú, otro de gel, un peine, un set dental y unos pañuelos. En las paredes, un espejo de aumento direccionable, y un secador de floja potencia. El inodoro, aunque no es viejo, se mueve un poco al sentarnos, como si estuviera suelto algún anclaje. 

La bañera dispone de una ducha con posiciones de masaje. La temperatura es formidable, pero la presión resulta incómoda por excesiva en el modelo normal de ducha. Si ponemos la opción de ducha suave, es más que correcta. Protegida por una mampara de cristal traslúcido resulta algo oscura en el interior. Un toallero metálico ofrece una única toalla de baño. Grande, nueva, limpia y suave. Completa el set de lencería otra única toalla de manos que cuelga de otro toallero delante del lavabo. 

Una abollada papelera, un bidet y una curiosa banqueta de tubos metálicos completan el mobiliario del baño.

Por la mañana en un salón acristalado a la piscina, algo desaprovechado, se sirve el desayuno. Correcto. Mesas con mantel de tela y servilleta de papel. La sensación es que en su momento debió conocer tiempos mejores. Varios muebles pegados a la pared y dos muebles centrales ofrecen el buffet. El surtido es amplio, aunque la calidad tampoco es para tirar cohetes. Zumo de naranja natural y otros zumos de otros sabores, una nevera con varios tipos de lácteos, una zona con platos calientes (judías, verduras, huevos revueltos, fritos, bacon, churros), otra con salmón, quesos, fiambres... y otra con dulces variados. 

En la despedida en recepción no nos preguntan por el minibar, y sin embargo nos preguntan por si hemos descansado, si hemos estado a gusto y si hemos disfrutado de la experiencia. Bonita manera de decir adiós.

Calidad/precio: 8.5
Servicio: 8
Ambiente: 6.5
Habitación: 7.5
Baño: 7
Estado de conservación: 7.5
Desayuno: 7.5
Valoración General: 7.5

martes, 24 de abril de 2018

HOTEL SARATOGA (PALMA DE MALLORCA - ISLAS BALEARES)

HOTEL SARATOGA (****)
Paseo de Mallorca 6
07012 Palma de Mallorca (Islas Baleares)



Habitación: 513
Fecha de entrada: 10/11/2017
Tarifa: 

En uno de los Paseos de Palma, en concreto el Paseo de Mallorca, embutido en una manzana de viviendas, a un paso de EsBaluard, a dos del casco histórico y a tres de la zona comercial más chic de la ciudad. Unos soportales en una amplia acera esconden la entrada al hotel, cuya fachada, de siete plantas aparece pintada en color albero con generosos balcones de hierro forjado negro. 

La puerta de entrada es pequeña y circular, pero está en obras y desvían el tráfico a una puerta lateral algo estrecha que normalmente se utilizará para los equipajes. No sólo la puerta está en obras, también la recepción, lo que provoca que el espacio resulte agobiante y abigarrado. Mucha luz, que proviene de la cristalera que da al Paseo y de la enorme cristalera que hay al fondo del espacio que da a la piscina. Entre medio, un montón de sofás, butacas y mesas de centro (con algunas lámparas de pie, y varios ejemplares de revistas y periódicos locales) en tonos salmón y de corte clásico.  

A la derecha queda la recepción provisional. En la pared del fondo hay varios equipos de impresión y un par de armarios con carpetas y ficheros. Delante, dos mesas cubiertas por un mantel azul sobre las que se han dispuesto sendos ordenadores. Dos empleadas ajustan algunas facturas en el puesto de la derecha. En el otro nos atiende un joven. Nos pide el DNI y la tarjeta de crédito. Los fotocopia y nos lo devuelve. Nos prepara la llave de la habitación (una tarjeta con una colorista fotografía del hotel) y nos la entrega envuelta en el bienvenida del hotel en el que firmamos y nos indica que en ese papelito encontraremos todos los horarios y servicios del hotel. Le preguntamos por el wifi, que es gratuito y veloz en todo el hotel y funciona con una contraseña sencilla.

Damos la vuelta hacia atrás, sorteando de nuevo las butacas y las mesas para introducirnos en un pasillo angosto y de techo bajo recubierto con maderas por las obras. Al salir de él llegamos a una escalera en la que encontramos, junto a una mesa con folletos de propaganda de distintas actividades que ofrece el hotel y la zona, los ascensores, y un poco más allá un amplio salón con el mismo tipo de mobiliario pero mucho más ordenado, y acogedor. 

Los dos ascensores son nuevos y modernos. Metálicos por fuera. Por dentro, las paredes forradas de espejos algo ahumados. Poca luz. En las paredes, carteles de los espectáculos de jazz que hay en la terraza del edificio los fines de semana. Botonadura moderna con una rendija para meter la llave y activar el ascensor a modo de seguridad. Cuando se abren las puertas, salimos a un pequeño recibidor al que se abren dos pasillos con las habitaciones. Unos carteles amarillos indican las direcciones de las habitaciones. Mucha luz, poco efectista, aumentada por el suelo y paredes blancos. La sensación es un poco fría (y no precisamente de temperatura), pese a la cálida madera negra que enmarca las puertas de las habitaciones con una curiosa marquetería en la que se encuentra el número.

Tras la puerta de la habitación notamos calor. Y sensación de nuevo y moderno. La calefacción, de aire, está encendida. No es muy ruidosa, pero no tiene posición automática y si lo mantenemos mucho rato, acaba agobiado la excesiva temperatura. Se maneja desde un sencillo display con una rueda de temperatura, un pulsador de potencia y otro para encendido y apagado. El suelo blanco porcelánico imita la piel. Un pequeño pasillo nos conduce hacia el dormitorio. Antes encontramos a la izquierda la ranura para activar la luz con la tarjeta y la puerta de cristal blanco del baño, con un pequeño pomo metálico. A la derecha, las puertas correderas del armario de madera oscura con cristales opacos. Por dentro, vestido en madera clara tiene una zona con colgador alto (y perchas normales de varios tipos con el logo del hotel), y otra zona con baldas, algún cajón y la caja fuerte. En el interior además de los mullidos albornoces hay una luz automática que se enciende con un detector de presencia. 

A continuación llegamos al dormitorio. No es grande, pero si suficiente. Quizá se eche en falta algún sofá o butaca para descansar. A la derecha, la pared aparece cubierta de madera negra. Un maletero de madera con un cojín en piel blanca encima. A juego, un generoso escritorio bajo el que hay un surtido minibar de puerta transparente. La silla, en piel blanca, no es demasiado cómoda para trabajar. Sobre el escritorio, una generosa pantalla de televisión, activada automáticamente desde que abrimos la puerta con mensajes de bienvenida del hotel y publicidad de servicios tanto internos como externos. Varios enchufes disponibles, y hasta una regleta con varias salidas VGA y HDMI para proyectar el portátil en la televisión. Sobre el escritorio además del mando de la tele hay una botella de aceite de cortesía. En el espacio que queda hasta la ventana, hay un generoso espejo casi de cuerpo entero, sin marco.

A la izquierda de la entrada en el dormitorio encontramos la cama. Está enmarcada en una pared cubierta también de madera negra. En el centro, a modo de cabecero de la cama, un recuadro de piel en tono crudo. A ambos lados, mesillas de madera negra. Sobre una, el teléfono, un bloc de notas y un lapicerito. En la otra una vieja y deteriorada carpeta con información sobre los servicios que ofrece el hotel. A ambos lados hay enchufes disponibles, e interruptores para apagar todas las luces. El juego de luces es muy efectista. Se pueden encender y apagar creando distintos ambientes. Destacan tres puntos de luz situados sobre el cabecero de la cama en tono azulado. Sobre las mesillas, en unos retranqueos del cabecero sendas lámparas de noche con unos focos regulables de lectura. 

La cama aparece vestida en blanco, con unos rulos negros sobre los que se apoyan sendas almohadas y dos cojines rojos. A los pies, un plaid en tonos granates. La lencería es agradable y ofrece un suave nórdico. Sin embargo la cama es bastante desastrosa. En realidad son dos camas separadas pero hechas con una única sábana más grande. Son camas de 1,80, por lo que los que somos altos, no cabemos y hemos de dormir en diagonal. El problema es que se notan demasiado las juntas de las camas en el centro. Han olvidado (o no está previsto) poner un topper para evitar esa sensación de burletes en el centro de la cama. Pero si la cama es un desastre, la insonorización interior del hotel todavía lo es más. Se escuchan todos los movimientos del pasillo, voces, pasos, ruedas de maleta... 

Para colmo, toda la pared final del dormitorio es de cristal. Una enorme ventana a una generosísima terraza con dos sillas una mesa. Vistas al patio interior de la manzana y la piscina del hotel. Alguno de los edificios que componen ese patio casi amenazan ruina, pero las vistas de las torres de la Almudaina y del rosetón de la Catedral allí mismo, destacan sobre cualquier otra cosa. Lástima que semejante ventana aparezca protegida sólo con un ligero foscurit y un visillo en tonos oscuros metalizados que poco hacen para detener la luz matutina.

El baño es de tamaño adecuado. Muy nuevo y moderno. Con alguna luz azulada que le da un ambiente especial. El mismo suelo que la habitación. Paredes en porcelana negra con discretos colgadores metalizados. A la izquierda el inodoro (con escasa presión en la cisterna). A la derecha, sobre un armario de madera oscura en el que se encuentran dos nuevas y generosas toallas de baño, se presenta un largo lavabo blanco. Moderna grifería en el medio y una generosa encimera a cada lado. En ella se ofrece un larguísimo set de amenities (set dental, de afeitado, pañuelos de papel, toallitas desmaquillantes, un par de jabones de manos...). La presión y el caudal son correctos, y la temperatura todavía más. Anclado a la pared hay un secador de pelo de escasa potencia y enfrente un espejo alargado al que le falta algo de luz. En el otro lado de la encimera, se ofrecen dos toallas de lavabo igualmente nuevas y mullidas.

Al fondo encontramos la ducha. Una cabina de lado a lado protegida por una mampara de cristal de la que cuelga una alfombrilla de baño con el logo del hotel y de aspecto retro (o quizá es que es vieja). Dentro, paredes de baldositas pequeñas azuladas. Suelo como de cantos rodados, muy agradable. En un rincón sobre una repisa dos botes de champú y gel y un par de sobres modernos con crema hidratante para el cuerpo. Un grifo de teléfono es prescindible cuando la ducha ofrece una enorme alcachofa de ducha efecto lluvia con una presión, caudal y temperaturas envidiables. 

Por la mañana, en un salón con vistas a la terraza de la piscina se sirve el desayuno. Mesas con mantel de tela y servilleta de tela. Sillas cómodas y servicio amable y simpático. Lástima que la luz del espacio sea también fría y poco acogedora. En un lateral, sobre un gran armario se ofrece todo el desayuno: zumos naturales variados, platos calientes (huevos fritos, revueltos, bacon, salchichas, chorizos, churros, verduras...), fiambres, quesos, embutidos, patés, frutas cortadas y preparadas, minibocadillos de jamón y de queso, frutos secos, distintos tipos de cereales, bollería pequeña de distintos tipos (ensaimadas -no demasiado atinadas-, napolitanas, croissants...). El café lo sirve una máquina y resulta bastante agradable.

Al salir a la recepción, simplemente nos preguntan por el minibar. Y nos vamos.

Calidad/precio:
Servicio: 7
Ambiente: 6
Habitación: 6.5
Baño: 8.5
Estado de conservación: 8.5
Desayuno: 8.5
Valoración General: 8