Carrer de Barcelona 12
08140 Caldes de Montbui (Barcelona)
Habitación: 207
Fecha de entrada: 17/12/17
Tarifa: 77€ (A+D)
En el centro de este pueblo termal ubicado a pocos minutos de Barcelona, situado justo donde se restringe el tráfico rodado, a un paso de la Iglesia del ayuntamiento, encontramos este tradicional e histórico centro termal. Una casa de pueblo, de tres alturas, con balcones a la calle se abre frente a un pequeño jardín con una rotonda para aparcar los coches junto a la puerta.
La recepción es amplia. Muy iluminada y limpia. Quizá la luz
resulte demasiado fría. Pero la hay a raudales. Artificial, pero también
natural, ya que la puerta principal, automática, se ubica en una pared
completamente acristalada que da al pequeño jardín con rotonda en el podemos
dejar el vehículo para la carga y descarga. A la derecha hay un tronco de esos
de regalos que suelen ponerse en Cataluña por Navidad. Junto a él, un árbol con
espumillón y luces. A la izquierda, de forma semicircular, el poderoso
mostrador de recepción. De madera. También madera brillante detrás, con un
reloj con agujas también de madera. El recepcionista queda literalmente
encerrado allí, y eso hace que el contacto sea algo distante. Sobre el
mostrador hay varios folletos del hotel y varios productos en venta (un buff
solidario...). Al fondo hay una vitrina de cristal con productos de las Termas
a la venta: jabón, toallas, cremas... La sensación es de contraste porque hay elementos modernos pero también algunos otros antiguos, viejos o rancios.
Nos recibe pasada la medianoche un hombre muy simpático.
Vestido de calle, con vaqueros y un manojo de llaves colgando de un cordón
rojo. No duda en salir del mostrador y acompañarlos a la calle para indicarnos
el camino hacia el aparcamiento. La llave del dormitorio ya está preparada, y los datos que
enviamos, simplemente hay que chequearlos, cosa que tarda en hacer segundos.
Nos explica de forma simpática el servicio de wifi que funciona de forma eficaz y veloz en todo el hotel bajo una contraseña. Nos desea buen descanso poniéndose a nuestra disposición
para lo que sea necesario marcando el 9 en el teléfono de la
habitación.
Un pasillo ubicado al fondo de la recepción lleva hacia los
ascensores. La decoración allí es bastante antigua. Rancia. Estuco blanco en la
pared. Terrible luz como de hospital. Antes de llegar al enorme hueco de
la escalera, rematado arriba por una gran claraboya, en el que encontramos los
ascensores, pasamos junto a una biblioteca y una sala de juegos con un Belén
iluminado con luces de colores. Las puertas, el suelo, los cuadros... todo
huele a rancio.
Dos ascensores, algo viejos. Un espejo al fondo. Paredes
plastificadas en marrón. Techo muy bajo con una luz algo fría. Un cartel, poco
afortunado invita a un baño de barro en las termas del hotel. Las puertas automáticas se abren a un pequeño recibidor, con
pasillos a derecha e izquierda a los que se abren las habitaciones. Paredes en
estuco amarillento, algunos muebles viejos con algunas macetas con
plantas.
El pasillo es estrecho. Suelos de porcelana ocre
muy ruidosos al paso de zapatos y ruedas de maleta. Paredes en estuco blanco
algo anticuado, que contrastan con las modernas puertas de madera clara y
manivelas de apertura con contacto. Al final del pasillo, el suelo muta a una especie
de moqueta plastificada mucho más moderna, silenciosa y agradable. También las
paredes abandonan el estuco en favor de la pintura clara. La puerta de nuestra habitación se ubica en un espacio compartido con otra habitación, como si pudieran venderse juntas y conectadas. Tras la apertura de la puerta el suelo pasa a ser de madera clara, y la sensación es cálida y moderna.
La puerta se abre directamente al dormitorio. Allí mismo
encontramos las dos camas, situadas entre dos mesillas con cajón de madera clara tirando a grisácea. Se apoyan en un largo cabecero de madera que a su vez de apoya en una pared de color negro (el resto están pintadas de blanco). Sobre las mesillas, un par de enchufes, y grandes
interruptores. Encima, lámparas de metal con pantallas de color crudo. De ellas
salen sendos brazos móviles para la lectura desde la cama. En una de las
mesillas hay un teléfono.
Las camas son dos. De 90. Algo estrechas. Vestidas en blanco
con sábanas correctas, una manta marrón y una bonita colcha de rayas blancas.
El colchón es confortable pero está protegido por una funda algo plastificada
que lo convierte en algo un poco incómodo y asfixiante. Cada una de ellas tiene
un cómodo almohadón, un cuadrante y un cojín gris. Las dos camas están unidas
por un plaid gris algo sucio.
A los pies de la cama está el armario. De tres cuerpos, de
techo a suelo, y cerrado por puertas de madera del mismo tono que el resto del
mobiliario de la habitación. Con la apertura de las puertas se encienden unos
puntos de luz que hay en el techo para iluminar el interior. Uno de los cuerpos es un montón de baldas. En los otros dos cuerpos hay un colgador y una balda
con una caja fuerte y una almohada extra. Las perchas son antirrobo, y con
pinzas en el colgador, lo que hace que sean algo estrechas para colgar
pantalones. El armario no es muy profundo y la ropa queda demasiado ajustada al
colgarse de la percha.

Al fondo de la habitación están las ventanas. De vieja
carpintería, tres, estrechas y protegidas por unos visillos blancos y persianas
de las de antes que se suben fácilmente con unas cintas. Junto a ellas hay una butaca no demasiado cómoda. Las vistas son a la
estrecha calle que conduce al garaje. Al ser una calle de acceso restringido,
es todo muy tranquilo y silencioso. Pero cuando pasa algún coche, se escucha
demasiado. Demasiado. Tampoco la insonorización interior es modélica, y aunque
el establecimiento es muy tranquilo, molestan por la noche algunas voces y
movimientos por los pasillos. El aire acondicionado se maneja desde un sencillo y moderno display situado junto a la puerta. Una rueda para seleccionar la temperatura, y
un selector de potencia de aire. Funciona eficazmente pero es bastante ruidoso.


Por la mañana, atravesamos un pasillo con puertas antiguas, y varias láminas con fotos de época del establecimiento, y en un doble salón, con techos altos y cierto aire rancio se sirve un corto buffet. Mesas sin mantel ni cubiertos, que hay que coger como el resto del servicio. Platos calientes (huevos y bacon), algo de fruta
preparada, algunos embutidos y quesos de justa calidad. El zumo, artificial, se
sirve desde una máquina de grifo. Y el café de otra máquina más que aceptable.
Destaca sin embargo un variado surtido de panes y el aceite que se ofrece junto
con una crema de tomate machacado para el pan amb tomaquet.
En recepción al salir el trámite es breve y eficaz. Al no
haber minibar, no hay pregunta al respecto. Pero tampoco nada más.
Calidad/precio: 7
Servicio: 7
Ambiente: 5.5
Habitación: 8
Baño: 6.5
Estado de conservación: 7
Desayuno: 6
Valoración General: 6.5
Servicio: 7
Ambiente: 5.5
Habitación: 8
Baño: 6.5
Estado de conservación: 7
Desayuno: 6
Valoración General: 6.5
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